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miércoles, 9 de agosto de 2017

A separar el grano de la paja



 Rafael Marrón González/   


 
Llegó la hora de dotar de impecable credibilidad el discurso opositor, porque las omisiones, contradicciones y especulaciones están generando confusión, si se equivocaron en la estrategia, confiésenlo, porque dejarlo a la deducción arbitraria de la masa, seducida por la libre interpretación al recurrente trapo rojo de la provocación de los psicólogos del gobierno, que dice una cosa y escribe otra, es  contraproducente para la lucha. Lo mismo ocurre con ese llamado iluso a las Fuerzas armadas para que derroquen al gobierno y se lo entreguen mansamente al convocante. Es necesario crear una “sala situacional” de expertos para la toma de decisiones, que no se pueden seguir asumiendo por mayoría o consenso de los partidos políticos, sino por su grado de efectividad y conveniencia política, como, por ejemplo, que la MUD tiene que seguir siendo la tarjeta única de los procesos electorales, hasta salir de este régimen, porque unidad, aunque no signifique univocidad, si debe ser efectividad y la tarjeta única la ha demostrado. Y lo que funciona es inteligente repetirlo. Hay que apelar en este momento a la capacidad de liderazgo de los fundadores de la democracia, que fijaban el rumbo a seguir por el pueblo y no al contrario como está sucediendo ahora, que tenemos un pueblo en la calle sin conducción política y mucho menos militar, lo que ha generado anarquía y martirio, al sustituir la constitucional y racional exigencia impresa en el manifiesto de la Asamblea Nacional, por un imposible e inconstitucional “Maduro vete ya”, olvidando que el “Chávez vete ya” fue superior en multitud y tampoco resultó, por el respaldo militar, factor determinante de la ecuación que el radicalismo obvia suicidamente. El 30 de julio marcó el fin democrático del gobierno y atrajo la repulsa de Occidente, pero, a su vez, la hora de la unidad de criterio de la oposición  para  asumir el costo de lo correcto frente a la aprobación popular de lo incorrecto. Existe mucha presión del protagonismo histérico, que está creando becerros de oro, en esta crisis política de dieciocho años de edad, que atraviesa Venezuela, que se exacerba por señuelos seductores que son interpretados, desde el principio de este tiempo,  como el fin del régimen, con consecuencias lamentables, obviando que este, constitucionalmente, tiene todavía, además de musculatura represiva legal y militar, mucha capacidad de maniobra nacional e internacional, como lo ha  demostrado el reconocimiento de los Estados Unidos a la legitimidad de Maduro, a pesar de sancionarlo personalmente y calificarlo de dictador, como respuesta a una delirante propuesta de un descabellado gobierno de transición, con poderes incursos en usurpación de funciones. Solo la fuerza legitima las leyes en países con situaciones como la que padecemos en la actualidad. Y la única fuerza demoledora que poseemos los venezolanos es el voto.

Pensamiento vs opinión
Un líder, que en política lo es por su inteligencia y no por sus testículos, necesarios en Las Queseras del medio y no en política, tiene el deber de actuar según su propia consciencia política, si actúa obedeciendo caprichos irracionales del pueblo, es un demagogo, no un líder, estupidez que le ha costado muy caro al sistema democrático venezolano. Basta de actuar según los lineamientos de  la sed de sangre de la opinión pública, que, según Platón “comprende la creencia en el valor de los sentidos y en las ilusiones de la imaginación, es una forma de conocimiento práctico y empírico de carácter inferior, que se opone al conocimiento inteligible del pensamiento discursivo y del pensamiento dialéctico”. Y para Kant, la opinión pública “se forma esencialmente por imitación e interacción social”. Sin apelación posible, la opinión pública surge siempre contaminada por influencias de carácter familiar, social, grupal o partidistas, y, últimamente, por el resultado de las encuestas, que pusieron los venados detrás de los perros, en franca contraposición con el pensamiento, que es un producto de la mente basado en el conocimiento de la materia en cuestión, la razón, la lógica y la experiencia. Por eso es que no existe pensar diferente, sino creer distinto. Se supone, entonces, que es el pensamiento lo que debe guiar las acciones de un líder, que lo es por su capacidad de convencimiento y no de obediencia a las masas, como está sucediendo, y que llega al extremo de suponer que si se actúa de acuerdo a la racionalidad, que, por supuesto, marcha en sentido contrario a la opinión pública, en este caso de los pranes de la palabra, se está traicionando a las mayorías, que no sé basado en cual argumento, parece que están resumidas en las redes sociales, y no en el inmenso descontento de los habitantes de los barrios que nos dieron sus votos el 15D para la Asamblea Nacional. En esta hora para la lucidez, y ante la imposibilidad cierta de formar un ejército para vencer por las armas, en el supuesto negado de que el enemigo carezca del propio y de la misma resolución, es imperativo tomar una decisión que nos mantenga en el escenario democrático,  aprovechando cada resquicio constitucional posible, y nos dote de recursos imprescindibles para avanzar en el logro establecido, que es el rescate del sistema democrático, apropiándonos electoralmente de importantes espacios políticos, y con testigos, observadores internacionales y auditorías, características de las que careció el reciente y fraudulento proceso electoral (según opinión del planeta político y de nada menos que Smartmatic), es posible participar en las elecciones regionales. Y las dictaduras sí salen con votos. Y esta llegó con votos y se irá por ellos.