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sábado, 9 de septiembre de 2017

La fraternidad cristiana (Mt.18, 15-20)





Pbro. Lic. Joel de J. Núñez F. | @padrejoel95 /  


El evangelio de hoy tiene dos partes que se complementan; la primera habla del rescate, de la aceptación del pecador que vuelve al seno de la Iglesia y la segunda parte expresa la presencia de Cristo en la Iglesia que es la comunidad de los convertidos, que juntos oran para alcanzar bienes espirituales y materiales.
Jesús indica a sus apóstoles y discípulos cual debe ser el comportamiento al interno de la comunidad de uno que se llama cristiano, discípulo suyo. La actitud debe ser de acogida, de amor, de misericordia, de perdón; porque la comunidad de los creyentes, compuesta por hombres, no escapa del pecado, de la caída, de los errores. Si bien la Iglesia es santa por su fundador que es Cristo, al interno de las relaciones humanas que se dan dentro de ella, muchas veces no escapan de las equivocaciones; por eso la actitud del verdadero cristiano no debe ser de soberbia, vanidad, orgullo, juicio a priori, dureza, incomprensión, sino más bien tener los mismos sentimientos de Cristo que en todo momento acoge al pecador, lo alienta y lo invita a la conversión.
La Iglesia es una comunidad de hermanos que tienen sus propias limitaciones y por eso lo que debe resaltar en medio de ella es la corrección fraterna, el corregirse como buenos hermanos. Ella debe ser testimonio de lo que Cristo ha hecho por la humanidad, que siendo pecadora, Él entregó su vida para reconciliarla con su Padre Dios. De esta manera, tiene que vivir el creyente que ha experimentado el amor y perdón de Dios y de la misma forma como es perdonado y comprendido por su Padre, así debe perdonar, comprender y ayudar a corregir los errores de los demás.
Estoy seguro que muchos de nosotros hemos experimentado lo agradable, lo saludable psicológicamente, lo renovador, lo placentero que es sentir la mano amiga, el abrazo fraterno, la comprensión cuando se ha experimentado la caída, cuando hemos errado y quizás también hemos sentido lo frustrante, lo duro, lo negativo, lo asfixiante que es contemplar que cuando fallamos, cargamos también sobre nuestras espaldas la mirada amenazante, la cara de juicio, el desprecio, la condena, de aquellos que siendo de los nuestros nos dan la espalda; empezando por la propia familia. Jesús nos enseña, por esto, que el cristiano necesita hacer un doble esfuerzo para poder ayudar al hermano que yerra, que se equivoca; debe acercarse con el objetivo de ayudarlo sinceramente a salir de su error y no como aquel que quiere aumentar más la angustia del que ha fallado.
Puede suceder que a quien se aconseja, se le perdona, se le corrige amorosamente, no haga el mínimo esfuerzo por cambiar, se obstine en el mal y se convierta así en una piedra de tranca para la comunidad. Por eso, dice Jesús que la corrección en primer lugar debe ser a solas, si no cambia y corrige llamar a otros dos para aconsejarle y si sigue en su actitud negativa decirlo a la comunidad para que sea ella la que decida si tal hermano, que no quiere cambiar, puede seguir en dicha comunidad. Lo que hay que agotar es la paciencia, la misericordia, el perdón, el consejo; pero si no hay notables cambios ya la culpa no será de la comunidad de los creyentes, sino de aquel que se obstinó viviendo en el mal.
La primera comunidad cristiana entendió desde el principio que Cristo le había dejado el poder de “atar” y “desatar”, lo que es lo mismo decir de perdonar o dejar en pecado a alguien. Fue el poder dejado por Jesús a sus apóstoles y que hoy llega hasta nosotros por el sacramento de la reconciliación.  
Cristo está en medio de su Iglesia e invita a cada cristiano a ser instrumento de amor y reconciliación; sólo en la unidad, sólo como hermanos reconciliados, que se saben perdonados por el mismo Padre, pueden llegar a Dios con sus ruegos y oraciones. El verdadero amor a Dios se expresa en la caridad con el hermano, sobre todo con aquel que se siente despreciado, condenado, culpado por la sociedad.
Hagamos de nuestra Iglesia una comunidad de amor y reconciliación que tanto necesita el mundo de hoy. El amor está por encima de perfeccionismos y soberbias y sólo el amor invita a una conversión de corazón.
IDA Y RETORNO: Mañana 11 de septiembre, celebramos la fiesta de Nuestra Patrona de Venezuela, La Virgen de Coromoto. Pidamos que interceda ante su Hijo Jesús por nuestro país que tanto sufre y que implore al Señor para que tengamos una nación en progreso, justicia, democracia, paz y libertad.