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domingo, 22 de octubre de 2017

A mayor responsabilidad, mayor hombría…



 Por Rafael Marrón González @RafaelMarronG /  


…es decir que la hombría es directamente proporcional a la responsabilidad, que es el verdadero sexto sentido del hombre auténtico, o sea que el hecho de haber nacido con sexo masculino por razones del azar, al contrario de lo que muchos creen que nacieron varones porque pasaron una prueba agobiante, no es patente de hombría, que, por lo tanto, nada tiene que ver con la disposición para asesinar, violar o torturar, ni con la alegre repartición de espermatozoides ni con cargar una pistola al cinto ni con la corpulencia física donada por la genética ni con la falta de higiene personal. Tampoco con la violación a la ley ni escudarse detrás de la autoridad para ejercer la cobardía ni con caerles a coñazos a las mujeres. Ni con asumir la potencia y diseño del carro como personalidad, para amedrentar peatones.  Nada en esas desviaciones caracteriza la hombría, son formas de compensación de un inmenso fracaso existencial o idiotez de la aduldolescencia barbada. América Latina entera, por ceñirme a mi espacio cultural, ha sufrido las consecuencias del mito legendario de la hombría adosada a la violencia del machismo cuatriboliao con la bragueta abierta y el cerebro de mosquito, que ha colmado la geografía de temerarios confundidos que solo respetan lo que temen. En síntesis, irresponsables. Inservibles. Desechables. Ahistóricos, incultos, ignorantes, intrascendentes. Brutalidad aspavientera, propensa a la sumisión, destruyendo posibilidades de libertad con sus atroces decisiones emocionales y su falta de compromiso con las consecuencias de sus acciones. Por eso es tan importante la filosofía, como visión razonada del objetivo real, por encima de religiones, supersticiones y diagnósticos psicológicos, para dotar al individuo del conocimiento pleno de su ser interno, de su yo trascendente, que nada tiene que ver con misticismos ni con metafísica, en el espacio que le toque influir, por pequeño que este sea, como su hogar, en el contexto de su máxima realización humanista, por ejemplo. La escuela, ante la ausencia de familia y de élite intelectual que emular, debe asumir la impostergable responsabilidad de dotar al país de personas éticas, capaces de actuar según el criterio, para lo cual hay que formar maestros con esa finalidad. Porque un hombre, o un pueblo, sin filosofía es un vacío conceptual proclive a la sumisión, contenida en la pasividad de la esperanza que obvia el acto viril de la buscanza, o a la infección delictiva que ya afecta preocupante porcentaje del cuerpo social dividido ahora entre activos, los delincuentes, y pasivos, quienes se aprovechan impúdicamente de lo proveniente del delito por la pérdida de escrúpulos, o al oportunismo que así como suele apropiarse del contenido de bolsos y carteras extraviadas por sus dueños, con la justificación inmoral de que se la encontró, también apoya la corrupción y la coacción porque les deriva beneficios. ¿Alguien puede definir a un corrupto, que es un sujeto en el cual se deposita la fe pública y se roba la custodia, sino es por la carencia de hombría, de compromiso hasta con su propia historia?  Partiendo de este principio derivamos hacia el concepto vital de ciudadanía, que no es otra cosa que responsabilidad con la ciudad, lo que traduce en síntesis que un ciudadano es un hombre cabal, de principios éticos, cuya actitud ante la vida, la familia, la sociedad y la patria es idéntica a la que define su hombría. Un país sin ciudadanos jamás será una nación y su legislatura debe estar tan saturada de leyes que es imposible su acatamiento. Leyes sobre leyes. Un policía detrás de cada poblador y uno detrás de cada policía. Un fiscal de tránsito en cada esquina, semáforo o paso de peatones de la ciudad. El Ojo de Dios debe, tiene, que estar en todas partes para que esta masa insensata cumpla con las más elementales normas de convivencia humana. La nación judía solo tiene un pequeño puñado de mandamientos. El hombre, en su función ciudadana, no necesita sino asumir el respeto como actitud primordial, y le sobran las leyes, que deben existir para penar las desviaciones particulares, los abusos y las amenazas de los depredadores humaniformes, no para obstaculizar el ejercicio de la libertad.

En síntesis

Basta caminar por las calles de cualquier ciudad de este país, para presenciar el desborde de la barbarie. Sobrevivimos en el imperio del salvajismo. De la gratuidad de las maternidades salen recuas de futuros depredadores amparados por el humanitarismo, a engrosar las filas de la destrucción. Si no se contiene culturalmente, por introyección del humanismo, nos espera un triste desenlace, pues probado está hasta la saciedad que las leyes, por severas que sean las sanciones, de nada sirven si no se decanta filosóficamente al individuo desde temprana edad, única posibilidad de construir nación. Tampoco es relevante la condición social o económica, pues por carencia o exceso se dan las mismas contradicciones con el humanismo y con el imperativo moral. Y cierro con un mensaje imperecedero del viejo Platón: “Habrá mal en las ciudades hasta que la raza de los filósofos no llegue al poder, o hasta que los jefes de las ciudades, por una especial gracia divina, no se pongan a filosofar”.