martes, 31 de octubre de 2017

octubre 31, 2017



Paciano Padrón | @padronpaciano  

Un monstruo de mil cabezas es el enemigo a vencer, el que nos desdibujó el país y acabó con lo que éramos, echó tierra a la historia e invirtió los valores, se robó las riquezas dejándolo hambriento, desnudo y enfermo, sin dinero ni reservas, con una deuda multimilmillonaria que luce impagable y con una moneda depreciada y despreciada. Ese monstruo no es Nicolás Maduro, él es el pobre títere de sus dueños, un elemento útil para la destrucción de lo que queda.
Tenemos que saber a quién o a quiénes enfrentamos, contra quiénes peleamos cuando decimos querer volver a la libertad y a la democracia, al camino de la reconstrucción y el progreso. Entre otras cosas debemos saber quién es el enemigo, porque hay que sumar a todo el que se opone, dentro y fuera del país, para hacer una fuerza grande capaz de derrotarlo. Hay que estar claros, desunidos no lo lograremos, tampoco sin apoyo venido de otras latitudes.  No luce fácil,  por no decir imposible,  que nosotros solos,  en corto plazo,  echemos a los invasores,  a  quienes  viniendo de  afuera -desde las entrañas del mal- se apoderaron de la cuna de la libertad de América y la destruyeron y sometieron. El corto plazo es indispensable porque el país no aguanta más hambre, muerte y postración.
Nuestro enemigo es el terrorismo internacional, presente físicamente en Venezuela, con control de minas y productos estratégicos y sensibles para la construcción de armas nucleares; nuestro enemigo es el narcotráfico internacional, posesionado de nuestro país, desde donde operan, guardan y transportan el maldito producto, con largas extensiones del territorio en las que no pisa la bota del soldado venezolano, pero sí la de los generales del Cártel de los Soles; nuestro enemigo es la guerrilla colombiana, asentada en nuestro territorio, con control de áreas cedidas para su “reposo”; nuestros enemigos son oficiales y soldados de las fuerzas armadas de Cuba, Rusia, China, Irán e Irak que, en número no despreciable y con ubicación estratégica, dominan nuestra Fuerza Armada y controlan el desgobierno del régimen que nos condena a la postración, dentro de la estrategia comunista-castrista de someternos por hambre y pobreza, destruyendo las empresas y fuentes de producción. Mientras más hambrientos e ignorantes seamos, seremos mejores presas para su control.
Esa Venezuela real descrita en los párrafos anteriores -que algunos compatriotas aún de la oposición no ven así- es percibida como un peligro para la paz en la región; hoy somos una amenaza para muchos países, que con razón quieren reganar su seguridad. Nuestra Fuerza Armada luce aniquilada y postrada, humillada desde hace ya casi 19 años y golpeada en sus valores y principios, dividida en mil pedazos y víctima del miedo. No reacciona. Tal vez reaccione luego, cuando vea a otros seres humanos -algunos con lenguas distintas pero con consignas libertarias y democráticas- que como ayuda humanitaria se acerquen a luchar con nuestro pueblo por su libertad. La historia se repite, abriremos la puerta de la patria para que extranjeros vengan a ayudarnos en hora de libertad, como Bolívar se la abrió a la Legión Inglesa y a la Legión Irlandesa, para luchar en la Batalla de Carabobo, y a franceses, haitianos y a otros. Nuestros soldados reaccionarán, preferirán entonces estar al lado de la libertad y no al lado de los invasores. Otras veces en la historia, nuestros soldados han cruzado la frontera patria para sembrar libertad afuera.
Cuando se sabe contra quién peleamos, se entiende que la unidad es imprescindible, que no hay espacio para ambiciones particulares o de grupos, que debemos marchar con unidad de propósitos y acción. Porque no se trata de derrotar al arlequín de Maduro, marioneta del mal, sino a una fuerza internacional que se ha hecho gigante con el tiempo, con las casi dos décadas de sometimiento paulatino y creciente.
Es hora de actuar. La vía electoral como salida luce diferida por ahora. La vía es la de la ayuda humanitaria internacional, junto a la calle, ambas hermanadas con una oposición unida en propósito y acción. Por ahora esa se visualiza como la vía, cuando nos preguntamos ¿contra quién peleamos?