viernes, 27 de octubre de 2017

octubre 27, 2017




Johnny E. Mogollón E. | @johnnymogollon 

Desde hace muchos años, ya casi no lo recordamos, la “Sucursal del Cielo” ha perdido el brillo, el encanto y la rimbombancia de su nombre, el valle de Caracas es apenas una sombra de lo que fue, ahora no es más que una famélica y moribunda ciudad bañada por las contaminadas aguas del Guaire, una metrópoli subyugada y oprimida, con calles atestadas de cuerpos hambrientos y silencios enconados, allí y desde el empalme de la avenida Roca Tarpeya con la Fuerzas Armadas, en la arista en que comienza la parroquia San Pedro, se levanta un enorme monstruo de concreto armado: El Helicoide, un animal de garras largas y granas con un especial apetito por la voluntad humana. Allí, en las entrañas de esa bestia, están 67 presos políticos, entre ellos el acarigüeño Gabriel Valles Sguerzi quien apenas tiene 30 años de edad.Es ingeniero en informática y un ferviente activista de derechos humanos, y lleva más de tres años privado de libertad en las mazmorras del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), donde –aseguran sus padres y los abogados del Foro Penal- ha sido víctima de tortura blanca y de la sistemática violación del debido proceso y de sus derechos civiles. Es uno de los 401 presos políticos y, de acuerdo al Foro Penal Venezolano, está ubicado en la segunda categoría de presos políticos, es decir, “aquellas personas detenidas o condenadas, no por representar una amenaza política individual para el régimen, sino por ser parte de un grupo social al cual es necesario intimidar. En este grupo destacan estudiantes, defensores de derechos humanos, comunicadores, jueces, militares, activistas sociales y políticos, entre otros”.


Francisco Valles y Giannina Sguerzi, padres de Gabriel, cada semana hacen el esfuerzo de trasladarse hasta Caracas para visitarlo en El Helicoide


Sus padres, Francisco Valles y Giannina Sguerzi, cada semana hacen el esfuerzo de trasladarse hasta Caracas, “es agotador, física y emocionalmente”, revelan, pero lo hacen con la esperanza de algún día encontrarse con la noticia de que su hijo ha salido del “limbo legal” en que está, porque Valles Sguerzi, desde que fue entregado al SEBIN, hace ya, por lo menos, 1.141 días en los que su audiencia preliminar ha sido diferida más de 40 veces, siempre por razones imputables al Ministerio Público o al Tribunal de Primera Instancia del Circuito Judicial Penal del Área Metropolitana de Caracas, y aun cuando la ley establece que ello debía hacerse entre 15 y 20 días hábiles siguientes a la captura.

Visiblemente compungidos, los padres del preso político aseguraron que es difícil tener un hijo y a la vez no tenerlo, no poder abrazarlo o acudir en su auxilio cuando lo necesite, menos aun cuando está privado de libertad solo por pensar y actuar de forma distinta al gobierno. Es un tormento sostenido, crónico, que ellos han tenido que asumir con entereza y, muchas veces, tragándose su propio orgullo para poder verlo por unos minutos.

En primer término y quizá con la pretensión de detener las actividades de la organización Operación Libertad, el Ministerio Público a través de la fiscal 20° nacional, Katherine Harrington, lo acusó por su presunta vinculación con hechos de violencia en una manifestación ocurrida el 25 de septiembre de 2010 en Valencia, estado Carabobo, sin embargo, aquel primer proceso judicial le impuso un régimen de presentación, pero el activismo por los derechos humanos y los derechos democráticos lo llevaron a participar en el Foro Nacional de Víctimas de la FARC que se realizó en el año 2014 en la ciudad de Cali, Colombia, en el que denunció al grupo terrorista en nombre de víctimas venezolanas y su acusación fue llevada al Congreso Nacional Colombiano, convirtiéndose en una “incomodidad” para el proceso de paz que el gobierno de ese país llevaba a cabo en La Habana, Cuba, con los auspicios y el financiamiento del de Venezuela, por lo que el ejecutivo neogranadino decidió expulsarlo y entregarlo, a sabiendas de que su integridad y sus derechos estaban en serio peligro.


 De acuerdo al testimonio de sus padres, dos años estuvo Valles Sguerzi recluido en el ominoso edificio del SEBIN en Plaza Venezuela, Caracas, en el siniestro sótano 5 conocido como “La Tumba”, en condición de incomunicación persistente, bajo temperaturas gélidas y sin poder siquiera saber la hora o salir a tomar sol, es un tipo de tortura distinta a la física que se practicaba en cárceles políticas como La Rotunda (de la dictadura de El Bagre) o en la de Guasina y Sacupana (empleada por Pérez Jiménez), pero igual de nociva y prohibida por la Convención de las Naciones Unidas contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, y que es conocida como tortura blanca.

Después de haber sobrevivido al “horror blanco de la justicia venezolana”, Valles Sguerzi fue trasladado hace poco más de un año a las mazmorras ubicadas en las entrañas de  El Helicoide, junto a otros presos políticos entre los que destacan, Lorent Gómez Saleh, Yon Goicoechea y Gerardo Carrero.

Las miles de horas en presidio no pasan con la celeridad de las horas en libertad, adentro el tedio y las paredes blancas con que pretenden arrancar al reo cualquier vestigio de humanidad, se convierten en el mayor de los obstáculos para mantener la cordura, quizá por eso Valles Sguerzi comenzó a dibujar y a pintar sobre cualquier cosa que encontraba, las tapas de anime de las bandejas en que su familia le lleva comida o en algún trozo de cartulina que, dependiendo la “piedad” de los carceleros, logran pasar a la celda, y sin darse cuenta comenzó a hacer un registro pictórico del infierno que para él y cada uno de los 401 presos políticos, ha construido el gobierno. “Él no dibujaba mucho, pero desde que está ahí ha comenzado a hacerlo”, indicó la señora Sguerzi, mostrando algunas de las ilustraciones que su hijo ha hecho.

Detrás de cada ilustración de Gabriel Valles Sguerzi hay una historia, una lágrima rota, un silencio añejo y una esperanza, y detrás de cada uno de los presos políticos venezolanos hay una familia que llora cada noche, una oración y una esperanza de que este pueblo por el que se han arriesgado, no los olvide.