sábado, 18 de noviembre de 2017

noviembre 18, 2017


Pbro. Lic. Joel de J. Núñez F. | @padrejoel95 /  



Estamos acercándonos al final del año litúrgico y a la celebración del tiempo de adviento y por eso, las lecturas nos hablan de los últimos tiempos, de la segunda venida del Señor. Bajo este tono está el evangelio que hoy se nos propone para nuestra meditación: la parábola de los talentos. Esta parábola está dirigida al Pueblo de Dios, a los cristianos que aguardan la segunda venida del Señor; es una invitación para la vigilancia productiva; es decir, estar atentos al regreso de Cristo, pero sin permanecer pasivos o cruzados de brazos, sino al contrario, atentos en el amor. El cristiano, el discípulo-misionero  de Cristo necesita tener su corazón centrado en su Dios y Salvador; saber esperar su retorno, pero mientras eso sucede se sostiene en la fe y en los sacramentos dejados por Él mismo, sobre todo el de la Eucaristía y además, se ejercita en el servicio, en la caridad; especialmente con los más necesitados de la sociedad, se compromete a trabajar por la paz, por la justicia, por el progreso y la verdad. El buen cristiano es aquel que sabiéndose bendecido por Dios, primeramente, con el don de la vida y luego por dones especiales que descubre en su existencia, los pone a la disposición de la comunidad de fe, hace que la Iglesia progrese, que la Comunidad cristiana avance y se extienda el mensaje de la salvación para todos los hombres. El mal cristiano es aquel que no sabe reconocer los dones de Dios en su vida, cae en la pasividad, el pesimismo, no le importa si su Iglesia avanza o se detiene, si cumple su misión o no; siempre es negativo y cree que con sólo estar bautizado es suficiente para salvarse. Valdría la pena que cada uno de nosotros que conformamos la Iglesia Católica nos preguntáramos ¿qué talento tengo yo en mi vida? ¿Qué dones me ha regalado Dios que puedo poner a disposición de mis hermanos en la fe y de la sociedad donde vivo? Estoy seguro, que cada uno tiene su talento y Dios quiere que lo pongamos a producir como los dos primeros hombres de la parábola y no como el insensato que fue flojo y no correspondió a lo que Dios le había donado. Por eso, al final de nuestra existencia Dios mismo nos pedirá cuentas de lo que hicimos con nuestra vida, con los talentos que Él nos regaló. Dios nos ha dado la vida, la familia, una carrera, un trabajo, la inteligencia, el don de la palabra, de la risa, del consejo, del servicio, de la amistad, de la música, del arte, de un oficio especial, de la educación, de algo que caracteriza a nuestra personalidad y hace bien a los demás. Somos muy ricos en talentos y esto hay que ponerlo a producir para el bien de todos.
La Iglesia conformada por todos los bautizados (pastores y fieles) debe poner a funcionar los dones recibidos de Dios; sabiendo que Dios premia la fidelidad de quien corresponde a su amor. Así se debe entender lo que dice el evangelio de hoy: “Al que tiene se le dará, y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. En nuestra vida diaria al que es responsable, trabajador, que sabe producir; se le confía y se le da más, sabiendo que se destaca en su trabajo. En cambio, al flojo, al descuidado, se le da menos y llega el momento que se le quita todo. Se condena, por tanto, el pecado de omisión; el que sabiendo que puede hacer más o lo que se necesita hacer, hace poco o no hace nada.
Los tiempos actuales para la Iglesia, para nuestra sociedad venezolana y para el mundo entero exigen cristianos decididos, proactivos, dinámicos, trabajadores y no es momento para la dejadez, el pesimismo o la derrota.
IDA Y RETORNO: Necesitamos orar con fe y perseverancia por Venezuela. No es secreto para nadie los momentos difíciles que estamos viviendo. Como cristianos católicos necesitamos mantener la fe, la esperanza y la caridad y pedir al Señor que bendiga a nuestra patria con progreso, justicia, libertad paz y unidad entre todos los venezolanos. Estemos seguros que cuando nos podemos a orar juntos por una causa común, Dios no deja de atender nuestras súplicas. Pidamos que el mal sea vencido y que venga su Reino entre nosotros; que podamos superar la crisis generalizada que afrontamos en nuestro país y podamos reencontrarnos en paz.