martes, 7 de noviembre de 2017

noviembre 07, 2017




Miguel Aponte  @DoublePlusUT /  


Con la polémica decisión adeca de humillarse ante el régimen a propósito de la toma de posesión de las gobernaciones, algunos dudan y piensan que se trató de un dilema. El propio Ramos Allup sostiene esta tesis queriendo aparecer como si él no tuvo nada que ver: “les dije que no, pero los comprendo”. El tipo se burla de los suyos y de los otros, es un cínico. Los ciudadanos como usted y yo dudamos de buena fe: “bueno, y si no lo hacen cómo asumen”. Pero basta advertir que no se fue a esas elecciones para ganar cargos y ejercerlos, sino para mostrar la mayoría opositora y luego encarar con desobediencia al régimen; y quien creyera otra cosa, se engañó solo. Esa es la realidad. La prueba más clara es que a todos les nombraron sus comisarios de una vez. Los gobernadores opositores serán juguetes o saldrán como corchos. Es todo. Los chavistas también serán juguetes, pero esa es su norma. Nadie ejercerá nada, sólo la dictadura hablará por su boca y si no, serán inmolados. Punto.
El asunto importa porque el régimen cree haber encontrado la trampa perfecta e irá de inmediato a todas las elecciones faltantes. El problema es jurídico y político a la vez y no se debe separar estas instancias. Con ese gesto los supuestos gobernadores, en forma individual, legitiman políticamente a la fraudulenta ANC, mientras con la misma jugada se deslegitiman jurídicamente a sí mismos. La cosa no es juego; así como todos esos supuestos constituyentistas, sus actos, las instituciones que creen y las personas que nombren son ilegítimos y estarán sujetos al imperio de la ley en un futuro, de la misma manera esos gobernadores “opositores”, que contaban con el aval legítimo y legal de la elección popular, defraudaron a sus electores colocándose fuera de la ley y de toda legitimidad política; y todo al mismo tiempo y con el mismo gesto. Por lo tanto, serán sometidos al mismo imperio de la ley: serán juzgados. En ese momento, Ramos Allup dirá: se los dije, mientras asiste a la quema. ¡Pobre Betancourt!


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