lunes, 18 de diciembre de 2017

diciembre 18, 2017



 Por Rafael Marrón González @RafaelMarronG /  


La torpeza para entender pretende debilitar al fuerte dándole más poder.  


El Libertador llegó a Santa Marta, Colombia, en el bergantín ¨Manuel¨, escoltada por la goleta estadounidense Gramphus, el día miércoles 1º de diciembre de 1830, a las 7,30 de la noche. Había salido de Barranquilla el 27 de noviembre, acompañado de oficiales leales y algunos amigos, y durante cuatro días sufrió la travesía víctima de mareos y arrojando bilis, tirado en un camastro marinero, con la mirada extraviada y la tensión baja. Al llegar a tierra firme lo esperaba una alegre comitiva, que se quedó anonadada, sin contener el llanto, al contemplar al Padre de la Patria descender en una silla de mano en aquel lastimoso estado, quejándose de agudos dolores en el pecho y en el costado derecho. Era la imagen de un hombre deteriorado de setenta años, cuando Bolívar apenas tenía cuarenta y siete. Un anciano de cabello tan escaso que apenas le cubría el cráneo, las mejillas hundidas, los ojos sin la  fuerza y el brillo que los caracterizó, los carrillos flácidos acentuados con profundos surcos y la quijada, antes potente y bien delineada, se desdibujaba en un cuello venoso y flaco. Las manos descarnadas de dedos afilados y los brazos huesudos y desmayados. Fue conducido a la casa del tribunal de Comercio, que servía de Aduana, y allí lo atendió el médico de la localidad, Próspero Reverend, que tenía 34 años para ese entonces. Bolívar lo recibe con amabilidad y le advierte, cuando éste trata de medicarlo: “Mi cuerpo está virgen de remedios y lo único que uso es un tratado de higiene que siempre llevo conmigo”.
Día 2 de Diciembre
Ese primer día de su estancia en Santa Marta su estado de salud no le permitió sino descansar. En la mañana lo ausculta el médico estadounidense de la fragata Gramphus, M. Night, quien coincide con Reverend sobre el origen pulmonar del malestar de Bolívar.
Día 3 de Diciembre
El día 3 de diciembre, el general José Sardá, visita a Bolívar que lo recibe sentado en su hamaca. Sardá mascaba tabaco y el olor era insoportable para el paciente que le pide se aleje un poco. Sardá obedece y Bolívar le pide que ruede la silla un poco más. El rudo veterano se siente ofendido, y le espeta: -“Permítame Vuestra Excelencia decirle que yo no me he... ensuciado”. - No, amigo, responde Bolívar, es que usted hiede a diablos... a cachimba. – Tiempos hubo mi general que usted no tenía tal repugnancia con doña Manuelita Sáenz (que fumaba tabacos de hoja). Bolívar se quedó en silencio, perdida la mirada en sus recuerdos.
Día 4 de Diciembre
A pesar de haber vomitado por la mañana, Bolívar se sintió más animado y le dictó a su secretario dos cartas, la primera para Diego Ibarra: “He recibido tu apreciable carta que me ha sido muy satisfactoria y siento no poder contestar con extensión por hallarme muy postrado por mis males. Estos me han hecho sufrir por algún tiempo, y después de haber hecho todo lo posible para curarme, hasta embarcarme en la mar, me hallo en el mismo estado y sin esperanza de curarme sino en un país frío. Si deseas venir a servir, apruebo que lo verifiques y debes seguir a Cúcuta  u otra parte del interior, porque allá es donde podrás ser útil. A mi lado no hay nada que hacer, pues yo estoy retirado enteramente de los negocios públicos y no podré servir para nada antes de seis meses. Te aviso esto para que lo sepas con tiempo y formes tu resolución acorde. Los negocios de la patria por acá marchan bien. El general Urdaneta desempeña con acierto su destino y todos los amigos tienen buenas esperanzas. Dile a Vicente que si no quiere quedarse solo y se halla dispuesto a tomar servicio que se venga y se le dará. Soy tuyo de corazón. Bolívar”. A Pedro Briceño Méndez le dice: “Mi querido general: Mis males no me permiten contestar la apreciable de usted como yo deseara: los que me han visto podrán decir a usted el estado en que me hallo. Hace ya algunos meses que mis padecimientos se han agravado bastante, reduciéndome al fin a un estado en que ya no me es posible atender a otra cosa que mi salud, y aun así ignoro el término de mis sufrimientos, pues tengo poca esperanza de un pronto restablecimiento. El clima ha sido la causa principal de mi postración…”.
Día 5 de Diciembre
La fragata Gramphus levó anclas el día 5 de diciembre Reverend quedó a solas con la tremenda responsabilidad de responder ante la historia por la vida de uno de los fundadores del mundo moderno. Bolívar pasó el día sufriendo el dolor en el pecho lo que lo obligó a encerrarse en su habitación de muy mal humor.
Día 6 de Diciembre      
 El día 6, a instancia de Mariano Montilla, Bolívar aborda el coche de don Joaquín de Mier que lo llevará a la Quinta de San Pedro Alejandrino. Antes de salir le escribe la general Rafael Urdaneta recomendándole al capitán  Velásquez que se había venido de Venezuela a servir a Bolívar. Al pasar frente a la casa de don Joaquín, éste se baja a despedirse de su esposa, doña Isabel Rovira, que manifiesta su deseo de conversar con el Libertador y su esposo le responde que Bolívar no puede bajarse del carruaje porque su estado no le permite dar un paso. Pero Bolívar que había escuchado la conversación, haciendo un supremo esfuerzo intentó descender del vehículo y le dijo: “Señora, aún me quedan alientos para ir a besar a usted las manos”. Doña Isabel no lo permitió, y se sentó a su lado acompañándolo hasta San Pedro, hacienda situada a una legua costa adentro de Santa Marta, desde donde no se puede ver el mar pero si la imponente sierra nevada. Al llegar a la hacienda de San Pedro Alejandrino, Bolívar recorre la casa guiado por sus anfitriones, y en la pequeña biblioteca se detiene a revisar los títulos. Y cuando don Joaquín se excusa por lo pobre de su biblioteca, Bolívar exclama: ¡Cómo pobre! Aquí tiene usted la historia de la humanidad. Aquí esta “Gil Blas”, el hombre tal cual es. Y “Don Quijote”, el hombre como debiera ser.
Día 7 de Diciembre
El día 7 Bolívar amanece más animado, y conversa desde su hamaca con Reverend. – ¿Qué vino a buscar usted a estas tierras? – La libertad, señor. -¿Y la encontró? – Si, mi general. – “Usted es más afortunado que yo, pues todavía no la he encontrado. Con todo, vuélvase usted a su bella Francia, en donde está flameando la gloriosa bandera tricolor, pues no se puede vivir en este país donde hay tantos canallas”. Al día siguiente, pregunta de nuevo a Reverend si en verdad desearía volver a Francia, y ante la respuesta afirmativa del médico, aviva la voz y le expresa: “”Pues bien, póngame usted bueno, doctor, e iremos juntos a Francia. Es un bello país, que además de la tranquilidad que tanto necesita mi espíritu, me ofrece muchas comodidades propias para que yo descanse de esta vida de soldado que llevo desde hace tanto tiempo”. Llama a su secretario y le dicta una carta para el general Justo Briceño recomendándole al coronel Paredes y a otros oficiales: “El coronel Paredes sigue al interior a ponerse a las órdenes del gobierno y servir en el ejército que defiende las fronteras de esos departamentos. (…) Yo he estado sumamente malo; pero me hallo mejor con el cambio de temperamento y con esperanzas de un pronto restablecimiento…”. También le escribe una larga carta al general Rafael Urdaneta aconsejándolo por las diferencias con Justo Briceño y ratificándole su amistad: “… Yo he estado bien malo, y los médicos me han creído de cuidado y, a pesar de haberme embarcado y venido a Santa Marta, no había sentido mejoría ninguna hasta ayer que me vine a esta hacienda. Hoy me he sentido mucho mejor y ya tengo esperanzas de reponerme pronto especialmente si me prueban los temperamentos a donde pienso ir a convalecerme.
Día 8 de Diciembre   
Bolívar empeora, la mejoría que experimentó al llegar a San Pedro da paso a la gravedad. Su memoria falla, hay torpeza en sus pensamientos. Decae el brillo intelectual que lo caracterizó. Sin embargo, disimula sus padecimientos, y dicta tres cartas. La primera para Estanislao Vergara y para Rafael Urdaneta la segunda. La tercera para “Los señores de la ciudad de Buga”: “He recibido con la más grande satisfacción la comunicación que ustedes se han servido dirigirme por la cual he visto con igual placer, que esa ciudad, acreditando la opinión que siempre ha manifestado, de nuevo ha dado su voto a favor del orden y de la integridad de Colombia. Los encarecidos conceptos con que ustedes me favorecen y que son una prueba del afecto y decisión de ustedes hacia mi persona han sido acogidos con el más sincero reconocimiento y yo espero que ustedes se persuadirán de los sentimientos con que correspondo a tan distinguidas pruebas de confianza y amor. Sírvanse ustedes aceptar mis gracias más expresivas por la conducta decidida y noble que han observado en estas circunstancias y las seguridades de mi verdadero afecto con que soy de ustedes atento servidor”. No volverá dictar hasta el día once cuando escribe su última carta.      
Día 9 de Diciembre
Pasan los días, y la certeza de lo mortal de su mal se perfila en la angustia del ilustre enfermo, casi siempre está de mal humor. Antes de postrarse, pasa largas horas a las orillas del Manzanares, sentado en una piedra, viendo correr las aguas, o meditando bajo la sombra del frondoso tamarindo de la hacienda, dibujando abstracciones en  el  suelo con una delgada vara, como plasmando sus pensamientos. Un día  Don Joaquín se acerca solícito, el Libertador al sentir los pasos  levanta la cabeza, y agobiado de pesar le dice: “Amigo De Mier, Jesucristo, Don Quijote y yo, hemos sido los más insignes majaderos del  mundo”. Asertivo epitafio para quien creó un mundo y se le expulsó de él. Y mientras Bolívar sufría su agonía, el diario “El Colombiano de Guayaquil” publicaba ese 9 de Diciembre: “En el extraordinario entusiasmo manifestado por los cuerpos de la guarnición de este Departamento, al proclamar la persona del Libertador, cada uno quería expresar su regocijo de un modo inaudito. El nombre de Bolívar fue un golpe de electricidad para todos los corazones, y aun de las últimas clases de las milicias se oyeron producciones, y se vieron actos que nos recuerdan los tiempos heroicos. Lo ocurrido en el pueblo de Samborondon el 29 de próximo pasado, manifiesta al mundo que el Libertador es el ídolo del ejército colombiano, y el punto céntrico de todos sus movimientos. Celebrando los soldados ese día su proclamación, un Cabo primero del batallón Cauca, nombrado José María Gutiérrez, arrebatado de entusiasmo se picó las venas, y dijo a sus camaradas brindándoles la sangre: “bebamos el licor con que debemos festejar al patrón viejo (así llamaban los soldados venezolanos a Bolívar); por él nos quedaremos sin ella”. Los compañeros, mezclado su debida con esta sangre, victoreaban en cada trago al Libertador con otras expresiones semejantes. -¿Manifestaron los romanos mayor decisión por Cincinato en cuantas veces lo llamaron a salvar la patria? -¿Fue mas simultáneo el grito de viva el Emperador que dio el ejército francés, al regresar Bonaparte de Elba? Si la memoria de los grandes hombres pasa a la posteridad sin perderse en la oscuridad de los tiempos, ¡Cuánto mas no se conservará entre sus contemporáneos! Referimos con transporte de admiración los nombres de aquellos héroes que aparecieron en otras épocas y en otras naciones; ¿y podríamos olvidar a Bolívar?”.
Día 10 de Diciembre
El 10 de diciembre dictó, con voz ya desfallecida, su última proclama a los pueblos de Colombia: “¡Colombianos! Habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aún mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Luego dicta su testamento ante el Escribano público José Catalino Noguera, que cerifica también la última proclama, firmando como testigos Mariano Montilla, José María Carreño, Belford Hinton Wilson, José de la Cruz Paredes, Joaquín de Mier, Juan Glen y Manuel Pérez de Recuero. En este testamento incluye ocho mil pesos para su fiel José Palacios (quien como mayordomo tenía en su poder setenta y dos onzas de oro de cuño colombiano, que entregó a los Albaceas);  legó dos obras, El Contrato Social, de Rousseau, y el Arte Militar, de Montecuculi, que fueron propiedad de Napoleón, ¨las cuales me fueron obsequiadas por mí amigo Sir Robert Wilson¨, a la Universidad de Caracas. La espada de oro legada a él por Sucre ordenó debía ser devuelta a su viuda, suplicándole se sirviera conservarla como prueba del sincero amor que siempre tuvo por su ilustre esposo; y la medalla de oro rodeada de brillantes, que le fue dada por la República de Bolivia, debía ser restituida a esta Nación en testimonio del sincero afecto que le profesaba aun en sus últimos momentos. Sus papeles ordenó fueran quemados. Sus restos debían ser enviados a su país natal (según los testigos, al mencionar esta decisión su emoción fue muy fuerte, le tembló la voz). Declaró que no poseía otros bienes fuera de las minas de cobre de Aroa, porque  en 1827 cedió a sus hermanas sus propiedades en San Mateo, en los Valles del Tuy, y su hato en los Llanos. (Las minas de Aroa, que estaban en venta para la fecha, significaban una importante fortuna, según cálculos de economistas modernos  tendrían hoy un valor cercano a los dos mil millones de bolívares. Por lo que no es cierto que el Libertador muriera arruinado. Murió lejos del acceso a su fortuna, que es otra cosa).  
Día 11 de Diciembre
El 11 de diciembre Bolívar escribe su última carta, dirigida al general Justo Briceño: “En los últimos momentos de mi vida le escribo esta, para rogarle, como la única prueba que le resta por darme de su afecto y consideración, que se reconcilie de buena fe con el general Urdaneta y que se reúna entorno del actual gobierno para sostenerlo. Mi corazón, mi querido general, me asegura que usted no me negará este último homenaje a la amistad y al deber. Es solo con el sacrificio de sofocar sentimientos personales que se podrán salvar nuestros amigos y Colombia misma de los horrores de la anarquía. El portador de ésta, que es su amigo, ratificará a usted los deseos que le he manifestado a favor de la unión y del orden. Reciba usted, mi querido general, el último adiós y el corazón de su amigo”. Según contó Fernanda Barriga en su ancianidad, ratificado por Próspero Reverend, un sábado (tuvo que ser el sábado 11 de diciembre) ya anocheciendo, Bolívar se agravó repentinamente y se envió a un muchacho de nombre Joaquín a traer el cura.  Y así el “...humilde cura de Mamatoco, Hermenegildo Barranco, oyó su confesión y  le suministró la comunión, asistido por sus acólitos y unos pobres indígenas”.  El cura entró a la habitación del gran hombre con sus ayudantes portando el Santísimo y  velas encendidas, el Libertador, con un ademán imperioso, les espetó: “Saquen esas luminarias que esto parece procesión de ánimas”. La gente salió llorando.
Día 12 de Diciembre
Bolívar desvaría. Grita ordenes de batalla. ¿Por qué me quitan mi gloria? Mariano Montilla envía la última proclama al Prefecto del Magdalena: “Señor Prefecto: Con la mayor pena y congoja remito a V.S. en testimonio la alocución que dirige el Excmo. Señor Libertador Simón Bolívar a los colombianos en los últimos momentos de su vida, por si impuesto V.S. de la importancia de su contenido cree conveniente disponer su publicación por la prensa. S.E. sigue avanzando por instantes al sepulcro, y ya es tal su gravedad que solo un milagro visible de la Providencia podrá impedir que nos abandone para siempre”. Su Edecán, Belford Wilson escribe a Daniel Florencio O´Leary: “Muy poca mejoría noto en la salud de S.E. la noche ha sido más tranquila”. 
Día 13 de Diciembre
Urdaneta desespera por no tener noticias del Libertador, y le escribe con esta fecha: “No he tenido carta de Usted en este correo, y lo siento mucho, porque no he sabido quien me de razón de su salud que tanto me interesa. (…) Deseo que usted haya continuado mejorándose y que disponga de su amigo de corazón”.
Día 14 de Diciembre
“La noche del día 13 a114 S. E.  ha tenido un poco de descanso, efecto de un julepe anodino, y untura emoliente en el pecho. Desde las doce hasta las seis, de la mañana durmió sin despertarse, y de consiguiente sin toser. Sin embargo sigue el entorpecimiento en las sensaciones: la lengua está más húmeda y menos, irritada la voz ronca, y mientras dormía el pecho le silbaba. Hay siempre incontinencia de orina. El pulso está menos frecuente y algo blando. El vejigatorio ha purgado algo: después, de haberlo curado, S E ha tenido unas bascas y un vómito. Tisana pectoral, untura anodina en el pecho, y sagú por alimento. Diciembre 14, a las ocho de la mañana”.
Día 15 de Diciembre
El día 15 amaneció Bolívar con la fiebre muy alta y se sentía incómodo en la cama y pidió ser trasladado a su hamaca, Reverend se ofrece para cargarlo y Bolívar duda: -¿y... usted podrá conmigo? “Con precaución lo cogí en mis brazos, narra Reverend, y creyendo al levantarle sin reparar su gran flacura, que yo iba a suspender un peso considerable, hice tal esfuerzo que por poco no me voy de espaldas con un cuerpo que tal vez no pesaba arriba de dos arrobas. La fortuna que me sujetó algo la hamaca tendida a través del aposento”.
Día 16 de Diciembre
Fernanda Barriga, se llamó la fiel cocinera incorporada al personal de Bolívar en Quito, en 1828, y que pertenecía a la familia de Manuela Sáenz.  Su mazamorra de sagú y vino fue el último alimento del Libertador. El último tazón se lo llevó el 16 de Diciembre a las seis de la mañana, Bolívar al verla la rechaza con humor: ¨¡Si vuelves con tu mazamorra, te llamaré Fernanda Séptima!¨. Y hubo en el reclamo un tierno  matiz  de agradecimiento para su  humilde devota, que muchos años después, ya muy anciana, con ingenua vanidad solía referir: “Su Excelencia estaba muy amañado con mi sazón”, y miraba al cielo, como buscando su asentimiento. La noche del 16 de diciembre la pasó el Libertador en fase agónica, Reverend a su lado le tomaba el pulso y a intervalos dormitaba. Noche larga la última, como larga la agonía,   el silencio apenas turbado por la apagada sincronía de la gota de agua, que del filtro de piedra se desprende, con la respiración entrecortada del enfermo.
Día 17 de Diciembre
Ese día viernes amanece cargado de presagios. Con el sol desperezándose llega el general Montilla, el negro José Palacios ya está en la alcoba,  el doctor Reverend sale a recibirlo: -  ¿Cómo sigue Su Excelencia?  - Mal, creo que no pasará de hoy. Y personalmente toma el caballo del Libertador y parte en busca del Obispo.  Montilla se queda velando con José al pie del lecho. El enfermo respira penosamente y delira: ¨ ¡Vamonos... vamonos... esta gente no nos quiere...! Vamos José, lleva mi equipaje a la fragata... ¡¿Cómo saldré de este laberinto?!...¨. El militar y el negro fiel se miran, tratan de contener las lágrimas. Vuelve Reverend sin el Obispo, que se reportó enfermo,  o quizá  no quiso acudir porque se sentía todavía  molesto por el airado reclamo recibido del Estado Mayor al capturar en el Palacio Arzobispal, donde se mantenía escondido, a Ezequiel Rojas, uno de los conjurados para asesinar al Libertador la noche del 25 de septiembre de 1828. Para  las diez de la mañana ya en la hacienda  están  sus pocos  amigos, militares y paisanos fieles hasta el último instante, formando pequeños grupos que conversan en voz baja bajo los frondosos árboles o mantienen abstraído  silencio en la sala contigua al cuarto del moribundo.  Un ambiente de tristeza humedece la estancia. Alguna viril voz, ronca de arengar  en cien combates, suena estrangulada. Reverend los llama: - Señores,  sí queréis presenciar los últimos momentos y postrer aliento del Libertador, ya es tiempo¨.  Es  la una de la tarde. En el noble rostro se perfila la paz. Ya no hay dolor ni sufrimiento.   El reloj en la pared sigue su curso indiferente, pasan siete minutos de estupor, Montilla lo mira y con rabia le arranca el péndulo: ¡El Libertador ha muerto, tú no andarás más! Y comenzó la eternidad para ¨...uno de los más grandes héroes en que ha encarnado el alma inmortal de  la Hispania máxima, miembro espiritual sin el que la humanidad quedaría incompleta¨, como expresara Miguel de Unamuno, en el centenario de su nacimiento. Tenía cuarenta y siete años, cuatro meses, veintidós días y trece horas de haber visto luz en la aldeana Caracas un 24 de julio de 1783.