jueves, 18 de enero de 2018

enero 18, 2018





 Por Rafael Marrón González @RafaelMarronG /  

Una mañana conversaba en mi programa radial sobre la vida de Bolívar y sus mitos y un oyente me llamó para defender la supuesta predestinación consciente del futuro Libertador que, según sus palabras “de niño jugaba con soldaditos de plomo simulando batallas por la libertad comandadas por su precocidad, preparándose así para el futuro que pacientemente esperaba mientras crecía”.
La realidad de este “destino manifiesto” es que fue conformado en la mente del pueblo, durante generaciones, por homéricos maestros, fabuladores histriónicos, tipo Eduardo Blanco, y poetas ditirámbicos que así lograron masificar un infalible Bolívar sobrehumano, invencible y delirante a cuya visionaria elocuencia temblarían los anales del futuro cuyos siglos asombrados penderían de la profusa dimensión de sus pensamientos validados en broncíneas citas indiscutibles, que, como triste resultado, lo alejó del pueblo y lo colocó en inútil adoración perpetua, al servicio de los intereses políticos de las ambiciones de turno, de ayer y de hoy.

El bronce ocultó al Bolívar humano
El bronce y el mármol y el sortilegio de los mitos divinizantes transmigraron la dimensión demasiado humana del Bolívar real, altivo,  humilde, vengativo, autoritario, cruel,  bondadoso, inquieto, justo, injusto, enamorado, inflexible, terco  y genial.  Sencillamente un hombre de carne y hueso, con debilidades, fortalezas,  defectos y virtudes, al que los llaneros llamaban “culo e´ fierro” y los granadinos “longaniza”;  el que se impuso al resto de los  prohombres de la independencia americana, además de por su conocimiento de Europa, por la lucidez y coherencia de su pensamiento y acción dirigidos hacía un objetivo irrenunciable; el de la indoblegable  persistencia, fortaleza de carácter, capacidad de  sacrificio e  indomable  fuerza  de  voluntad; el romántico revolucionario de profundas contradicciones que aprendió en la amargura que una cosa es el ideal y otra muy distinta la realidad; el que se sacudía el polvo de las derrotas para levantarse al aliento de su humana voluntad y continuar la lucha a pesar del alerta de las heridas, convencido de que “Dios concede la victoria a la constancia”. Este es el Bolívar, que despojado del oropel artificioso del altar, es útil al pueblo como egregia referencia de la capacidad del hombre, varón y varona, para llevar a cabo aquello que como tal se propone. 

Una estatua para el Bolívar derrotado
No existe una sola estatua que recuerde al Bolívar derrotado del año 14, al de la Emigración a Oriente, al del exilio de Jamaica, al abandonado de Ocumare, al desorientado del Rincón de los toros,  al desconsolado viudo de 20 años o al moribundo de Santa Marta que como Alonso Quijano deliraba “Vamonós, vamonós, que esta gente no nos quiere”. Todos quieren al Bolívar triunfador, de cegante mirada alucinada, fulgurante de medallas que jamás usó; el de la frente abatida por el dolor y el fracaso a nadie interesa, sin entender que el Bolívar de la estrella centellante surgió del Bolívar derrotado y fugitivo de la Carta de Jamaica que en Cartagena expresara: “...El que lo abandona todo por ser útil a su país no pierde nada y gana cuanto le consagra (...) Me iré a vivir lejos de mis amigos y de mis compatriotas, y no moriré por la patria (...) infeliz de mí que voy a morir lejos de Venezuela, en climas remotos...”. Con el maestro Bellorín diseñamos una estatua del Bolívar derrotado, sentado en una hamaca, descalzo con la camisa abierta y mangas remangadas, apoyando su frente en la mano izquierda mientras sostenía con la derecha una carta que le informaba infaustas noticias. Algún día alguien recogerá el guante y se atreverá a realizarla.

Inicio del mito
Los mitos que rodearán la biografía escolar de Bolívar comienzan en su estadía en México, camino a España, en 1799, a los 16 años, negando su incultura y defectuosa educación evidenciada en aquella su primera carta desde el puerto de Veracruz que muy mal parados deja a sus maestros de entonces. Según  versión difundida  por O'leary,   oyó en la casa del  Virrey  Asanza, hablar  de  la Revolución Francesa y emitió una  opinión  que ofendió  al  Virrey que molesto suspendió la  conversación  y aconsejó  al  Oidor  "que hiciera seguir su viaje a aquel muchacho", y debió partir inmediatamente para  Veracruz. Resulta muy difícil de creer que un adolescente de  dieciséis años, sin títulos nobiliarios por añadidura, pudiera  discutir de  alta  política  nada menos que con un Virrey en pleno absolutimo.  El   historiador  Augusto  Mijares  opina  en  su  obra   "El Libertador":  "Aunque  esta anécdota es  muy  seductora,  nos parece  absolutamente  inadmisible.  Es  preciso  ignorar  la cautela  con que se habla en los regímenes  despóticos  sobre cualquier tema que toque la política, para aceptar que en  el palacio  del  virrey de México, y ante personas de paso, se discutiera el delicado tema de la revolución francesa. Menos verosímil  aún  es  que el niño  Bolívar,  que  pasaba  tantos trabajos  para  escribir una carta a su tío, se  atreviera  a opinar  a lengua suelta, sobre acontecimientos que apenas  se conocían en América por algunas publicaciones clandestinas;  y finalmente, llega al absurdo suponer que dentro de la  rígida etiqueta  de  la época se le permitiera  hacer  aquello  ante personas  mayores y de tal jerarquía, sin que a lo  menos  se recurriera  a  cambiar inmediatamente la conversación  a  las primeras palabras del entremetido forastero".  

Mitos para el orgullo de la clase dominante
Otra de  estas leyendas lo sitúa jugando pelota con el príncipe de  Austria, futuro Fernando VII, tres años mayor que él, y especulan  que en  una  jugada  le  tumbó el  sombrero  de  un  pelotazo,  y pretenden  ver en este accidente un augurio de lo que  en  el futuro perdería Fernando, ya rey, con Bolívar. También  se le coloca en la Guardia de Honor de  la  princesa María  Luisa,  futura reina de Etruria, pero  tampoco  existe evidencia  alguna  de esta posición en la  corte.  Además  es difícil aceptar que un desconocido de ultramar, indiano  para más  señas,  pudiera  desplazar en tan disputado cargo a  los hijos y protegidos de los nobles españoles. Estas  anécdotas falsas que colocan al futuro  Libertador  en íntima  relación  con la corte española, son producto  de  la mentalidad  aristocrática pueblerina que trata de imponer  la tesis del Bolívar  redentor de los oprimidos, pero manteniéndose como  digno exponente de la superioridad de su clase.

Bolívar no era aristócrata
Olvidan que Bolívar no  fue  aristócrata,  su familia  era  de  antigua  prosapia caraqueña,  descendiente  de  encomenderos, fundadores  y funcionarios provinciales,  y poseía bienes de fortuna que la nivelaba económicamente con la nobleza, pero que provenía de provincias pobres de España.  Eran funcionarios de la  corona en  Venezuela que,  a diferencia de la Nueva  Granada,  Perú, México,  o Argentina, que eran virreinatos, era  una  humilde Capitanía General. En aquella época el dinero sin sangre azul de  nada  servía,  mientras que la sangre  azul,  aunque  sin dinero, obtenía siempre privilegios.  Bolívar,  por  lo  tanto, no tenía el  libre acceso  a  los privilegios  cortesanos  que se le adjudican; y no  sólo  él, tampoco  los  tenían sus tíos Palacios y  Blanco,  furibundos realistas.

Y más mitos
En  diciembre  de 1804, según otro mito de O'leary, Bolívar y que recibió  del embajador español una invitación para asistir a la coronación de  Napoleón  en la Catedral de Notre Dame, se  dice  que  la rechazó y se encerró en un cuarto. Imagínense ustedes, por lo selectivo que es en sus invitaciones un tropical acto protocolar de la toma de posesión de un intrascendente Presidente latinoamericano, como sería lo difícil de lograr una invitación para la coronación de un megalómano emperador victorioso como Napoleón. Los más conspicuos nobles y jefes de Estado se disputaban el derecho a estar presentes,  y va a recibir un joven indiano sin relaciones con el Estado una invitación nada menos que del Embajador de España en Francia. Bolívar sí presenció la coronación pero confundido entre el público callejero. Refiriéndose al acto, posteriormente diría el  10 de mayo de 1828 a  Perú  de Lacroix:  "Vi en París, en el último mes  del  año 1804,  la  coronación de Napoleón. Aquel  acto  magnífico  me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de  amor que un inmenso pueblo manifestaba por el héroe.(...) La  corona que  se puso Napoleón sobre la cabeza la miré como  una  cosa miserable  y de moda gótica; lo que me pareció grande fue  la aclamación  universal y el interés que inspiraba su  persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y  en  la gloria que conquistaría el que lo  libertase;  pero cuán  lejos  me  hallaba  de  imaginar  que  tal  fortuna  me aguardaba". 

Y otra leyenda
Otra leyenda de O'Leary, que no  dudamos en considerar falsa, cuenta que durante su estancia en  Roma, Bolívar,  también y que por invitación de  la  embajada  española, visita al Papa Pío VII quien le tiende el pie derecho calzado  con una lujosa sandalia con la Cruz bordada  en oro, para que se  lo besara, Bolívar se niega indignado, el Papa desairado dice "dejen al indiano hacer lo que le plazca". Augusto  Mijares,  pionero en estas  lides desmitificadoras, opina  que lo que narra O'Leary sobre la actitud  de  Bolívar frente  a  Napoleón  y esta  anécdota  tienen  semejanza  muy sospechosa, y  acota:  “...es imposible admitir que el joven caraqueño,  sin ninguna categoría especial, ocupara el primer puesto al  lado del embajador".

Mitos para el personalismo
Atado al carro de los mitos bolivarianos se erigió el personalismo político en Venezuela, inaugurado por el “autócrata civilizador”, Antonio Guzmán Blanco, fundador del culto bolivariano, para justificar su propio culto. El Panteón nacional, la moneda y las plazas y calles Bolívar en todo el territorio nacional, derivaron en religión paroxística con el chavismo. Bolívar, particularmente, despreciaba el personalismo y la única medalla que uso con orgullo fue la de George Washington, regalada por la viuda del héroe estadounidense al héroe sudamericano, por eso no puedo aguantar la risa cuando veo el medallero cuajado en el pecho de algún general de batallas perdidas con la dignidad.       

En conclusión
Mitos, mitos que deifican las acciones superiores del hombre, condenando al héroe a un eterno gravitar sobre pueblos encadenados por la ignorancia y los vicios estimulados por la recurrente demagogia, con la promesa imposible de una redención que en realidad está en la voluntad individual como ejemplifica magistralmente la inmensa obra del Bolívar humano.