miércoles, 3 de enero de 2018

enero 03, 2018





Johnny E. Mogollón E. | @johnnymogollon 

Debo confesarlo: soy venezolano y serlo es prueba suficiente de que conozco a los demás venezolanos y que -por ello- he perdido todo vestigio de fe en esta precaria humanidad, esta en que sobrevivimos, o sobremorimos, y es que no queda ya en este país infestado de ratas, más que la peste de la traición, hambre y moscas. Solo -si acaso- queda el suelo que pisamos y bastantes venezolanos auténticos, para iniciar una cruzada de tierra arrasada que destruya lo que ya no funcione, y permita el nacimiento de un nuevo país, sin la escoria que nos lastra. Es, así lo veo, la única solución, más allá de pisar por última vez el cinetismo policromático de Carlos Cruz Diez en el Simón Bolívar international Airport.

El día en que alguien decidió explotar los bonos políticos que deja el populismo, en este país se activó un resorte interno que quebró la sociedad, que la fracturó en dos grupos: uno numeroso y profundamente ignorante compuesto variopintamente por diversos sectores políticos y económicos, cuyo único factor aglutinante es su común apetito por los dineros del Estado, es decir, una clase parasitaria multinivel en la que, como larvas en los intestinos de la Republica, coexisten desde los miembros de los grupos delincuenciales de la dictadura, hasta tránsfugas confesos como Luis Florido, Manuel Rosales o Timoteo Zambrano, y del otro lado al cúmulo de personas que no esperan del Estado más que las garantías necesarias para vivir con la dignidad que los medios lícitos de obtención de riquezas les permitan.

Está nuestro error en haber llegado a pensar que la lucha de clases, ese veneno comunista que propugna la división y la aniquilación de un sector poblacional, determinaba quiénes vivían y quiénes no, en base a la clase social, cuando la realidad era más sencilla, más cruel y mucho más perniciosa, pues en esa macabra matanza la sobrevivencia depende únicamente de la anulación total de la voluntad humana de aspirar otra cosa que no sea la dependencia absoluta del Estado y la dictadura.

Autoconvoquémonos, nosotros, hombres libres y decentes, la fuerza y último vestigio moral de la nación, a la campaña definitiva en contra de la ignominia roja en este 2018, ya no hay excusa que valga pues en juego está la supervivencia de cada uno de nosotros.