sábado, 13 de enero de 2018

enero 13, 2018

Pbro. Lic. Joel de J. Núñez F. | @padrejoel95 /  


El evangelio de este domingo nos puede ayudar a meditar sobre la vocación o llamado, la elección, el don de la fe, el ser mediadores  de Cristo y ante Cristo, la contemplación y la misión. Peor esto sabemos y creemos que siempre la iniciativa es de Dios que llama al hombre a estar con él y lo convierte en instrumento para que otros se acerquen a Dios.

El texto de hoy comienza señalando que Juan, que desde el vientre de su madre Isabel había sido elegido por Dios Padre para ser el precursor de su Hijo Jesús, estaba predicando delante de dos de sus discípulos y les señala a Jesús como “el Cordero de Dios”. Por una parte, resalta la elección, la misión profética y el ser misionero de Juan El Bautista y, por otra parte, la expresión que utiliza al referirse a Cristo va cargada de mucha unción y de profunda verdad y es decirle a la gente que le escuchaba y a sus discípulos que Jesús de Nazaret es aquel que viene a rescatar al ser humano del pecado y de la muerte eterna; que entregará toda su vida, su cuerpo y sangre, que se inmolará en la cruz o en sacrificio definitivo para que el hombre alcance la salvación y la vida eterna. Y, sobre todo, que Dios en persona viene a rescatar al hombre que creó a su imagen y semejanza; sólo “el Cordero de Dios” tiene el poder de hacerlo.

Los discípulos al escuchar las palabras de su maestro Juan, entendiendo la frase que les dice, no dudan en seguir a Jesús, en quedarse con Él aquel día y convertirse en sus discípulos; uno de ello es Andrés, el hermano de Simón Pedro. Aquí podemos ver y contemplar como Juan se convierte en instrumento para que conozcan a Cristo el Salvador, vemos su humildad para saber indicar a quien hay que seguir de manera definitiva; vemos una mediación humana. Lo mismo hará Andrés que le dirá a su hermano Simón que han encontrado y conocido al Mesías, lo lleva hasta Él y luego Jesús le dirá a Simón que ahora se llamará Pedro, que significa piedra. Jesús lo llama, lo elige, le cambia el nombre y le entrega una misión, la de ser pescador de hombres y la roca visible de su Iglesia; el que va apacentar el rebaño del Señor y que los confirmará en la fe.

Jesús, el Cristo, el Maestro y Cordero de Dios, como lo señala el evangelista Juan, quiso escoger, llamar y elegir a sus discípulos; no los llamó por perfectos; los eligió y llamó con su historia personal y con su realidad de vida y sobre todo para formar su Iglesia y así señalar al mundo que el tiempo de la salvación había comenzado en medio de la humanidad. Una Iglesia que comenzará con pocos hombres, pero que a lo largo del tiempo, de la historia, en medio de altibajos irá creciendo y extendiéndose por el mundo entero y de manera ininterrumpida, como ha llegado hasta nosotros hoy.

Nosotros, los cristianos católicos de hoy, somos herederos y miembros de la Iglesia de Cristo desde el día de nuestro bautismo y por la correspondencia a la fe que Dios Padre ha puesto en nuestros corazones y que avivamos cada vez que nos acercamos a los sacramentos, que meditamos la Palabra de Dios y sobre todo cuando luchamos por vivir en el amor que es el distintivo de un verdadero cristiano, discípulo de Cristo.

Nosotros estamos llamados por Dios, en Cristo, no sólo a creer, sino a ejemplo de Juan El Bautista y de Andrés, a ser instrumentos o mediadores por Cristo para que otros se acerquen al conocimiento de la verdad que está en vivir en Dios y para Dios. Cuando un ser humano se encuentra con Dios, como lo hicieron los discípulos del evangelio, la vida cambia, se transforma, se renueva, aparecen nuevas y grandes alternativas, todo fluye en positivo, se alcanza la felicidad plena. Ante un mundo cargado de pesimismo, de crisis, de ateísmo práctico, de guerras, de fanatismos, terrorismo y tantos males; los cristianos católicos, que no escapamos de sufrir el mal, necesitamos y debemos ser signos para que el mundo sepa y crea que en Cristo siempre hay nuevas y reales alternativas; porque Él es nuestro Dios y Salvador.

Agradezcamos al Señor el habernos llamado y elegido para estar en su Iglesia y para ser instrumentos eficaces de su amor en el mundo.

IDA Y RETORNO: Nuestros obispos venezolanos han emitido un comunicado que todo cristiano católico comprometido debería leer y reflexionar en medio de la grave crisis política, social, económica y moral que vive el país. Como discípulos de Jesús necesitamos ver la  realidad, no huir de ella y desde el evangelio iluminarla y contribuir con nuestro grano de arena a transformarla. Los obispos, como nuestros legítimos pastores, como mediadores de Cristo, hablan con su autoridad y por el bien de todos los venezolanos. Necesitamos encontrar en Venezuela caminos de reconciliación, justicia, paz, progreso, libertad, seguridad, honestidad y unión. ¡Esto es urgente!