lunes, 5 de febrero de 2018

febrero 05, 2018



Para ningún venezolano, ni siquiera para los que de alguna forma siguen estancados en el continuismo dictatorial, el panorama nacional inmediato tiene visos de claridad, todo, ahora, luce oscuro para nosotros, y es que la dictadura se ha encargado de cerrar todas las posibles ventanas hacia la democracia y no reparamos en que ello es lo más obvio dada su naturaleza forajida. No podemos pedirle al régimen que de buenas a primeras acceda a entregar el poder, lo que sí podemos hacer es activar todos los mecanismos posibles para demostrar la fuerza que tenemos, somos mayoría, es cierto, pero somos una mayoría profundamente dividida por la falta de madurez política.

Dentro de todo este compendio de cosas que están ocurriendo tanto dentro como fuera de Venezuela, y que está presionando al régimen a tomar determinadas acciones que le permitan atornillarse al poder político, la idea de una salida por la fuerza, ya sea como resultado de una intervención extranjera o como parte de un gran levantamiento nacional que derrumbe el Statu Quo impuesto por la dictadura, han sido fantasmas omnipresentes a los que la población ha estado contemplando sin que alguna de las dos se cristalice, entre otras cosas porque no están creadas las condiciones necesarias para que ocurran.

Ante la presión internacional y, hay que admitirlo, haciendo una valedera estrategia de huida hacia adelante, la dictadura, propone su propia “salida” electoral, teniendo más que en cuenta la naturaleza fragmentada de la oposición, es, como se diría en otras jergas, una jugada de librito, y que hay que ser imbécil para no jugarse una poderosa carta como esta en un momento en el que los principales líderes políticos de los partidos de oposición juegan a descuartizarse para ver quién se queda con la banda de candidato, en un juego macabro en el que las tarjetas de esas organizaciones son la moneda de curso legal que finalmente producirán un consenso o la división entera de las fuerzas.

El comportamiento egoísta, sectario y ridículo de los dirigentes de esa suerte de mixtura partidista en el que el lema parece ser: “Todos contra todos”, le hace más daño al país que la misma dictadura, porque esa actitud servil, infantil y profundamente inútil, es la que impide la conformación de una verdadera unidad nacional que vaya desde las bases hasta la dirigencia, y no al contrario. Es nuestro deber ciudadano exigir a los buenos para nada de ese bochinche al que llaman MUD, que corran o se encaramen, que laven o presten la batea, porque de fracasos basados en su incompetencia neuronal para pensar en el país más que en sus propios traseros, ya estuvo bueno.

No votar en estas venideras elecciones en las que nada está garantizado, no es una opción, porque la sola movilización nacional para la expresión del sentir popular a través del sufragio, constituye una extraordinaria motivación para mover las fibras más sensibles del venezolano y crear las condiciones que, bien aprovechadas y con una estrategia clara y consensuada entre los principales partidos de oposición, podrán otorgarnos un pase de regreso a la democracia, incluso si la dictadura se negase a aceptar los resultados, pero para ello es necesario un líder fuerte, decidido y arriesgado, que sepa convocar en el momento preciso -y sin temblores de mano- a la voluntad popular. La mesa está servida, ojalá esta vez los políticos decidan jugársela por un objetivo real y no solo por la ilusión de ser candidatos.