domingo, 25 de febrero de 2018

febrero 25, 2018

Por: Fernando Luis Egaña /

Hace dos o tres años, cuando la crisis socio-económica se fue transmutando en una crisis humanitaria, algunos “expertos” se burlaron del asunto, y declararon que no era para tanto; que la situación de Venezuela no era la de una crisis humanitaria. Pues bien, estos “expertos” se equivocaron, una vez más, entre otras razones porque acaso ni sabían los componentes de una crisis humanitaria. Son tres: extrema dificultad en el acceso de los alimentos básicos, extrema dificultad en el acceso a las medicinas básicas, violencia criminal desatada e incontenible. Tal cual lo que ya estaba ocurriendo en nuestro país.

Pero es que ahora hemos escalado de crisis humanitaria a catástrofe humanitaria. Y eso acontece no sólo por el dolo y la negligencia de la hegemonía roja, sino por la ceguera o complicidad de algunos voceros opositores, que descreían del tema de la crisis humanitaria, y se negaban a darle la máxima importancia que tenía que tener. Ya no se puede tapar la realidad con la propaganda o la subestimación. No se puede. La realidad avasalla a la abrumadora mayoría de la población, sumida en una condición de sobrevivencia mínima, o de destino fatal en el caso de una enfermedad convencional, para ni hablar de las enfermedades más gravosas.

Cuando un país se encuentra en la intemperie, a la mala del diablo, haciendo colas interminables para tratar de conseguir lo básico necesario para el día a día, incluyendo algo de dinero en efectivo, entonces ya no estamos ante una crisis sino ante una catástrofe humanitaria. Mientras la hegemonía lo niega todo, nos hundimos más y más, porque no se hace nada para siquiera intentar poner unos pañitos calientes. Ni eso. Y en la acera de enfrente, algunos, no-pocos, están más que preocupados, obsesionados con las pretendidas “elecciones presidenciales” del 22 de abril, cuando se sabe de sobra que son una farsa comicial cuyo propósito es “legitimar” a Maduro, o sea al continuismo.

Pero la catástrofe humanitaria lejos de amainar se profundiza y extiende. La vida es una especie de ruleta rusa: hoy no me tocó y por eso las probabilidades aumentan para mañana. Y no me refiero únicamente a la tragedia de la inseguridad, sino a la falta de alimentos y a la carencia lamentable de las medicinas. ¿Hasta cuándo el país puede aguantar esta realidad? Nadie lo puede afirmar con certeza, pero lo que si se debe plantear por la calle del medio, es que de la crisis humanitaria ya pasamos a la catástrofe humanitaria.

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