domingo, 25 de febrero de 2018

febrero 25, 2018

Por: Leonardo Morales P. @LeoMoralesP /


Los venezolanos hemos enfrentado varios desafíos en el curso de nuestra historia. El más universal de los venezolanos que emprendió la tarea de proveernos de libertad, Francisco de Miranda, se apareció por estas tierras convertido en un sesentón para iniciar la lucha por la emancipación de Venezuela. Otros siguieron sus pasos y junto Bolívar nos hicimos libres de España. Casi medio siglo tuvo que transcurrir del siglo XX para que los venezolanos lograrán superar las revueltas, revoluciones y otras convulsiones para comenzar a acariciar las ventajas de la naciente democracia. De cualquier forma, ese lapso comprendido entre 1945 y 1948, si bien se alcanzaron importantes libertades no dejaron de ser convulsas.

No fue sino hasta 1958 cuando se inicia un largo recorrido democrático, con sobresaltos, pero democrático. Se sucedieron varios presidentes y se alternaron partidos en el ejercicio del poder.

Nos alcanza el sigo XXI y la admonición recibida en el última década del siglo anterior es vivificada. Han transcurrido 18 años de este nuevo siglo con libertades amenazas, con un orden civil coaccionado y debilitado. El déficit democrático que observa el país en las casi dos décadas de esta joven centuria es notable y alarmante.

El régimen de Maduro va avanzando, coloca piedra sobre piedra, ha cimentado y amalgama sus posiciones, va liquidando los avances democráticos adelantados desde 1958. Las libertades conquistadas son arrancadas de las manos a los venezolanos sin que una dirección política coherente logre impedirlo. Es la tragedia de estos desafortunados tiempos.

Nadie ha erigido a Maduro dictador, aun cuando este lo desee. Tampoco la ANC, electa de manera excluyente y sin la consulta al titular de la soberanía puede arrogarse tal papel, aun cuando los poderes públicos hayan desfilado a hincar sus rodillas frente a ellos.

Las pretensiones dictatoriales han de ser enfrentadas con audacia y decisión. A las dictaduras les da por consultar y convocar elecciones sin ofrecer las condiciones mínimas que exigen los procesos democráticos, siempre han sido desventajosas para la oposición democrática. Exigirles condiciones decentes, equitativas y justas va contra su propia naturaleza. Esperar el cumplimiento de un proceso electoral dictado por los principios democráticos no es otra que consentir pasivamente la eternización de la dictadura.

La actitud de algunas fuerzas democráticas de hacerse a un lado en las elecciones presidenciales por falta de condiciones electorales aceptables supone otorgarle al régimen un carácter que no tiene. Si este es un régimen dictatorial- como se afirma- cómo ha de suponerse que garantice condiciones para que sea derrotado. Dónde y en cuál régimen con esas características se ha ofrecido elecciones justas. Ahora, qué ha pasado cuando aún en circunstancias adversas, como las que ahora plantea Maduro, los sectores democráticos han participado activa y masivamente. No veamos la historia como los niños la sopa.

Lo cierto es que hasta ahora la participación ciudadana se ha llevado por delante regímenes autoritarios. La abstención y la inacción electoral solo actúan, sin desearlo, como legitimadora del régimen, configurándose, de esa manera, una dictadura consentida. Eso es justamente lo que emerge de la quietud: Ex nihilo nihil fit.

Entregarse sin dar la pelea es una opción, ciertamente la peor, y a eso juega Maduro: a la inmovilización, al escepticismo, a la abstención, a la inacción y a que los venezolanos miren indiferentes como le arrebatan la libertad.

La sociedad puede ejercer su poder intimidatorio con una inmensa movilización de votantes el día que corresponda. Ya lo hizo, lo logró y puede volver hacerlo.

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