miércoles, 21 de marzo de 2018

marzo 21, 2018


Por Rafael Marrón González ( @RafaelMarronG ) /

 

I

Los legisladores de aquella hora prima del histerismo de la primera revolución por decreto de la historia de la humanidad, decidieron por unanimidad, sin el menor sentido crítico, adjetivar como “bolivariana” a la República de Venezuela, sin tomarse la menor molestia en discernir sobre las obvias contradicciones con las creencias que sustentaban el nefasto proyecto de destrucción republicana que se estaba poniendo en marcha y que 18 años después presenta el previsible balance desolador de la ruina moral y física de la nación. La Constitución surgida de aquel estúpido bosque de manos alzadas con la mirada hacia su comandante, establece en su artículo 1º que “La República Bolivariana de Venezuela (…) fundamenta su patrimonio moral y sus valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional en la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador”, sin que por ninguna parte se haga referencia bibliográfica a la fulana doctrina, que en realidad podemos resumir en diez mandamientos políticos, todos reñidos con la realidad derivada de la práctica del gobierno chavista, lo que conceptúa su verdad:

1 - Moral y luces son nuestras primeras necesidades

Bolívar aseguraba que el primer deber del gobierno era educar al pueblo y vigilar su comportamiento moral para fortalecerlo con instituciones adecuadas, y en Angostura lo declara: ¨... La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso. Moral y luces son los polos de una república; moral y luces son nuestras primeras necesidades¨. Este pensamiento que tiene tremenda vigencia en nuestro tiempo, debe actualizarse para ser comprendido a cabalidad por nuestra juventud. Su nuevo planteamiento debe ser: Ética, cultura y conocimiento son nuestras primeras necesidades”. Ética, porque significa y traduce el compromiso del sujeto con la sociedad, la confesión pública de su vocación ciudadana y solidaria. Escucho multitud de voces exigiendo justifica, que es el compromiso de la sociedad con el individuo, pero nadie pide ética, es decir, a nadie parece importarle su contribución particular a la decencia social. Me hace recordar la petición de un científico del pasado que pidió a los habitantes de la ciudad de Nueva York que a una hora fijada de un determinado día, a una sola voz emitieran un grito que cruzaría el espacio llegando a los habitantes de otros mundos. Ese fue el día más silente de Nueva York. Cada individuo pensó que su grito no era necesario. Que nadie notaría la falta ante tantos gritos. El silencio fue el resultado. Así, si cada uno de nosotros piensa que su particular actuación ética no es necesaria porque nadie notará su falta, el resultado es el que tenemos. El caos social. El segundo componente de esta exigencia vital es la cultura, que nada tiene que ver con aprender a tocar cuatro y a bailar joropo, es la necesaria decantación de la barbarie inherente a la naturaleza humana, para poder convivir en paz en procura del desarrollo de los talentos individuales en beneficio del bien común, que es lo que caracteriza a una nación. En Venezuela, por puntualizar, la educación ha cumplido con creces sus funciones y se hace a un lado en cuanto su responsabilidad social, que debe ser una extensión imprescindible. Demostrado está que ha fracasado en ese punto, así como han fracasado las guerras para imponer la justicia, solo a través de la cultura pudiéramos ser algún dúa una nació de personas libres, responsables y trascendentes. Y en tercer lugar, es responsabilidad de cada individuo de adquirir los conocimientos necesarios para asumir un oficio o profesión que marque su acceso al progreso por su propio desarrollo, sin intervención de Dios, del Estado o del azar. Es decir que en la medida en que cada individuo como integrante solidario de un colectivo, posea los conocimientos necesarios para ejecutar a plenitud determinado trabajo productivo que lo catapulte hacia el progreso, la sociedad, integrada de esta manera por hombres y mujeres con especificidades productivas, progresará en pleno por el acto sustantivo de la solidaridad individual. Ya Bolívar lo recalcaba cuando expresara: “Cuán superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas”. Por eso al observar la inquietud por alfabetizar, me pregunto si no sería mejor preocuparse por “oficionar”. Por dotar a cada individuo, hombre o mujer, desde la niñez, de un oficio que le permita vivir de un trabajo decente si debe por presiones exógenas abandonar la escuela. Da tristeza mirar a jóvenes bachilleres que luego de once años de estudio carecen del mínimo conocimiento laboral sustentable. Los emigrantes italianos de la post guerra llegaron a América provistos de un oficio, eran barberos, carpinteros, albañiles, fundidores, mecánicos, panaderos, entre una gama extensa de posibilidades para ganarse la vida honestamente. Y, gracias a esa previsión política, fue menos duro el desarraigo y hasta triunfaron económica y socialmente. Demás está decir que el fracaso de la revolución chavista en esta materia es tan evidente que avergüenza al gentilicio.

2 - “Mi opinión es, legisladores, que el principio fundamental de nuestro sistema, depende inmediata y exclusivamente de la igualdad establecida y practicada en Venezuela”

Bolívar preconizaba la igualdad como la ley de las leyes, pero haciendo énfasis en la nivelación política constitucional, por la ley, y la superación por el estudio y el trabajo, jamás defendió Bolívar la demagógica presunción de la igualdad por debajo, el igualitarismo, que tanto daño ha hecho a nuestras repúblicas, y que constituye el banal discurso de los populistas: “La verdadera igualdad no existe sino en la formación y delante de la ley que liga y comprende a todos indistintamente; premia y recompensa al virtuoso, al justo, al sabio, al valiente, al honrado, al prudente, al industrioso, al activo y al benéfico; y castiga y reprime al vicioso, al injusto, al inmoral, al cobarde, al temerario, al holgazán y al perezoso”. (...) “Los ciudadanos de Venezuela gozan todos por la Constitución, intérprete de la naturaleza, de una perfecta igualdad política. Cuando esta igualdad no hubiese sido un dogma en Atenas

3 - “La soberanía del pueblo no es ilimitada, porque la justicia es su base y la utilidad perfecta le pone término”


Este precepto de Bolívar manifestado a Santander el 31 de diciembre de 1822, pertenece en realidad al filósofo francés Henry Benjamín Constant, que estableció los límites de la soberanía popular por la justicia y el bien común, la soberanía del pueblo no puede estar por encima de los derechos fundamentales del ciudadano. Así diga lo contrario el 100% del pueblo, sin faltar un solo hombre, mujer o niño(a), el derecho a la vida es inviolable, los derechos humanos son inalienables, la autonomía de los poderes constituyen la base de la democracia. Caro están pagando, aunque siempre será barato el precio, los confundidos criminales de pasadas dictaduras sus delitos contra la humanidad. Rousseau proponía que toda la sociedad se rigiera por leyes inexorables que expresaran la voluntad popular, para que no fuera el rey la sola persona que tuviera ese privilegio y poder, por lo tanto debían ser redactadas por el pueblo. Propugnaba Rousseau un sistema de gobierno en el que la ley estuviera por encima del hombre, un orden jurídico por el que estuvieran sometidos por igual gobernados y gobernantes. Eso es lo que llamamos democracia. Sin embargo, tenía Rousseau una gran preocupación, dada su honestidad intelectual: “¿Cómo una multitud ciega, que a menudo no sabe lo que quiere, porque rara vez sabe lo que es bueno para ella, ejecutaría por sí misma una empresa tan grande, tan difícil como un sistema de legislación?”.

II


La praxis política del chavismo es diametralmente opuesta al pensamiento del Bolívar político que les sirve de correa de transmisión hacia el pueblo llano, comenzando por la ausencia de nobleza en el discurso preñado de ditirambos estrafalarios que los caracteriza. Si la principal preocupación de Bolívar era la educación del pueblo, basta observar la miseria que cubre el sistema educativo nacional, en todos sus niveles, incluyendo, por supuesto, el maltrato salarial al que son sometidos maestros y profesores, para inferir que no es precisamente la educación lo que le quita el sueño a este gobierno. Así que, prueba en mano, esta vulgaridad que se apoderó del país para impedir su ascenso a nación civilizada, es la antítesis del bolivarianismo histórico, como lo demuestran los siguientes mandamientos:

4 - “...El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política” 

 
Muchos creen ver en este pensamiento de Bolívar una posición utilitarista, en la que lo que priva es el resultado sin importar la vía, y por lo tanto una aceptación de las dictaduras, si eficientes económicamente, cuando es sabido que el costo en derechos violados, en terror traumático a la población y en atraso civilizatorio, sin mencionar al elevado costo de la recuperación del humanismo, que produce esta infame forma de gobierno hoy sometida al escarnio mundial, no compensa jamás los pírricos resultados económicos que preconizan sus reaccionarios seguidores. Lo que Bolívar quiso decir en Angostura con “sistema de gobierno” fue precisamente “gobierno sistémico”, es decir, gobierno dependiente de un conjunto de normas que garanticen su eficiencia social, política y económica, para que tuviera como resultado las premisas mencionadas. Y el único sistema político capaz de producir la organización necesaria referida por Bolívar, es la democracia. Lo que sucede es que la democracia se ha definido tradicional y simplistamente, por una premisa de Montesquieu, y sin mayor revisión ni adecuación posterior a las dinámicas políticas actuales, como “gobierno del pueblo”, con lo que sirve como fachada para cualquier andamiaje tiránico sustentado por una muchedumbre desclasada seducida por la promesa de dormir comida. La definición académica no se aleja mucho de esta primera referencia y sostiene que la democracia es un “régimen político en el cual la soberanía pertenece al conjunto de los ciudadanos sin distinción, es decir, al pueblo”, y la divide en representativa, autoritaria y social, a las que se suma ahora en Venezuela, otra adjetivación divisoria impráctica, la “participativa”. La frase “régimen político” con la que se inicia esta última definición refiere a “conjunto de reglas o normas” es decir “sistema”. Y desde este punto adelantamos una definición acorde con nuestras realidades y esperanzas, y sustentada en el enunciado de Bolívar: Democracia es el sistema político cuyos atributos son el Estado de Derecho, la celebración de elecciones libres, periódicas y justas, un régimen plural de partidos políticos, el respeto a los derechos humanos y a las libertades plurales, especialmente la libertad de asociación y de expresión, y cuyos gobiernos están sujetos a las normas constitucionales establecidas por la ciudadanía en el libre ejercicio de su soberanía, regido por los principios capitales de la división de poderes y el equilibrio de las autoridades y consagrado a producir la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política. Esta definición elimina adjetivaciones a la democracia, quedando éstas como formas operativas de practicarla, y le impide a las tiranías que violan estos preceptos, cobijarse bajo su férula, sobre todo bajo la denominada “democracia autoritaria”, en la que supuestamente “el pueblo” delega, vitaliciamente, en un solo hombre providencial todos los poderes, como estamos sufriendo en Venezuela bajo un gobierno dedicado a destruir la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política.

5 - “Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión pública” 

 
Este pensamiento lo plasma Bolívar en su correspondencia al general Francisco Carabaño, el 8 de octubre de 1828. En ella le expresa: “Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión pública. El talento sin probidad es un azote. Los intrigantes corrompen los pueblos, desprestigiando la autoridad. Ellos buscan la anarquía, la confusión, el caos, y se gozan en hacer perder a los pueblos la inocencia de sus costumbres honestas y pacificas”. Según Kant, “opinión”, que deriva del latín “opinio” que significa creencia, conjetura, “es el hecho de tener algo por verdadero con la conciencia de una insuficiencia subjetiva tanto como objetiva del juicio que así lo expresa”. Es decir, que la opinión es la creencia o toma de posición por la que el sujeto pasa de la simple impresión a la afirmación decidida pero no sometida a examen crítico. Por las características populares de la democracia en cuanto a la cuestión electoral, los demagogos han llevado al paroxismo la importancia de la “opinión pública”, al grado de considerarse el pensamiento social dominante para todas las decisiones en materia políticas, económicas, sociales, morales y hasta filosóficas, obviando el carácter emocional de la opinión pública, que suele estar influenciada por el medio ambiente, el entorno social, cultural y familiar, el carisma, el afecto, entre muchas influencias externas. Cuando Bolívar expresa que deben ser los hombres de luces los que debieran fijar la opinión pública, se está refiriendo al pensamiento, a que la opinión de los ciudadanos debe ser el producto de un ejercicio intelectual, y no de la emoción contaminante. Es necesario que la “opinión pública” se nutra del pensamiento de los “hombres de luces” porque ellos, según la definición de Kant, forman los conceptos a través del juicio, es decir, del acto del pensamiento por el cual tomamos conciencia de la relación entre las cosas o las ideas y afirmamos la verdad de dicha relación. Y el segundo requisito que exige Bolívar para un formador de opinión pública es la honradez. ¡Cuántos “líderes” políticos son simples enunciadores de valores! Usted los oye afirmar que la familia es la “célula fundamental de la sociedad”, cuando, en su vida privada, se caracterizan por el desprecio a la familia. Tienen decenas de hijos adosados al destino de la manera más irresponsable, en múltiples uniones infelices. No son honrados pero forman opinión. La verdad es la ausencia de contradicciones, y un líder debe ser paradigmático para que su ejemplo sirva de contraste a lo pervertido de la sociedad. Un líder que lo sea porque “se parece al pueblo”, cuando la realidad de ese pueblo es su desequilibrio ético, es una contradicción que revierte al “líder” en jefe de pandillas. Hay que recordar que cuando el pueblo trasciende éticamente, no necesita líderes. Y menos héroes. La voz honrado, en boca de Bolívar, es decir, de un hombre del siglo IXX, significa para nosotros “integridad”, es decir, recto, probo, intachable. Y así debe ser el político, una persona de elevados valores ciudadanos y humanos, honrado por definición, no porque no haya tenido oportunidad de robar, sin tacha pública ni privada. Conozco muchos hombres así, que se niegan a participar en la política precisamente por lo escatológico de su ejercicio actual. Siempre recordaré el sacrificio de Alirio Ugarte Pelayo, que privó a Venezuela de un líder extraordinario, que se suicida por no soportar la diatriba de sus ex compañeros de partido al manifestar públicamente su disidencia. Venezuela ofrece hoy una insuperable oportunidad para los jóvenes talentos con inclinación social, para realizar una depuración del ejercicio de la política para llevarla a su exacta dimensión como ciencia del gobierno o teoría del Estado, que los lleve a conquistar el poder para el beneficio colectivo, en todos los campos. Serán estos hombres y mujeres, provistos de conciencia inteligente, los que guiarán la opinión pública de la Venezuela del mañana.

6 - “La impunidad de los delitos hace que estos se cometan con más frecuencia, y al fin llega el caso de que el castigo no basta para reprimirlos” 


 El 15 de enero de 1824, El Libertador escribe al general Bartolomé Salom, con referencia a la conspiración de Quito, en la que le exige que los culpables de sedición sean juzgados por los tribunales. Y comienza su correspondencia alertándolo sobre la impunidad que hace que los delitos se cometan con más frecuencia, llegando el caso de que el castigo no basta para reprimirlos. Y en su Discurso a la Convención de Ocaña, el 29 de febrero de 1828, Bolívar insiste en atribuir a la lenidad en la aplicación de la justicia, la perversión de los pueblos: “La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los Tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad que sin fuerza no hay virtud y sin virtud perece la República. Mirad, en fin, que la anarquía destruye la libertad…”. Estos mensajes de Bolívar cobran inusual vigencia en estos tiempos de turbulencia política y delictual, en los que parece haberse desdibujado su frontera. Leo un trabajo publicado por el diario El Universal que nos informa que en Venezuela solo el 7% de los homicidios cometidos han sido debidamente procesados y sus autores condenados. Pero si el delito es robo, hurto o estafa, la posibilidad de ser castigado se reduce al 1%. Las estadísticas señalan un aumento interanual del delito en Venezuela, entre el 11y el 15% durante los últimos 15 años. Según los estándares internacionales de seguridad, un país debe tener cinco policías por cada mil habitantes. El promedio de Venezuela es de solo tres. El informe denuncia que solamente el 2% de los policías a escala nacional son investigadores, cuando se necesita que lo sean el 25 %. Y lo más grave, mientras Colombia, Perú y Chile, destinan entre 7 y 9% de sus presupuestos para seguridad, en Venezuela solamente se destina el 2,5 %. La lucha contra la impunidad, invocando este pensamiento de Bolívar, debe ser la primera de nuestras preocupaciones ciudadanas.

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