domingo, 26 de agosto de 2018

agosto 26, 2018




Por Rafael Marrón González

XII



El juicio de un compatriota de Santander
El  estadista colombiano  Laureano  Gómez  expresó que  "Santander  fue  un hombre  inicuo  y doloso, impío y  sanguinario.  Jamás  puede aceptársele  como  símbolo  de  la  Patria".  Fallecido  el Libertador,  el  presidente colombiano  Domingo  Caicedo,  le restituyó  a  Santander,  el 6 de junio de  1831,  todos  sus honores, grados militares y derechos ciudadanos. En 1833  fue electo  presidente de la República, y el 23 de junio de  1833 fue descubierta una conspiración en su contra dirigida por el oficial  español  al servicio de la  República,  José  Sardá. Fueron  ajusticiadas diecinueve personas y diecisiete  fueron exiliadas  o condenadas a prisión. Sardá logró huir  pero  un año  después  fue  apresado y  asesinado  por  sus  captores. ¡Cuánta diferencia con la magnanimidad de Bolívar!  Santander  murió  el  6  de mayo  de  1840  de  una  afección hepática, tenía 48 años.  

La dictadura, principio del fin
Bolívar estaba consciente del error cometido al aceptar la dictadura, y aunque apelara también al argumento de “salvar la patria”, así lo expresa en junio de 1828: “Para salvar la Patria, he debido ser un Bruto, y para contenerla en una guerra civil, debería ser un Sila. Este carácter no me conviene; antes perderé todo, la vida misma”. Y en su proclama del 27 de agosto de 1828, dirigida a los Colombianos, trasluce su repugnancia ante la situación que se ve obligado a cumplir y culmina: “... Yo, en fin, no retendré la autoridad suprema sino hasta el día que me mandéis devolverla, y si antes no disponéis otra cosa, convocaré dentro de un año la representación nacional. Y al asumir el mando supremo dicta esta proclama: ¡Colombianos! No os diré nada de libertad, porque si cumplo mis promesas, seréis más que libres, seréis respetados; además bajo la dictadura ¿quién puede hablar de libertad? ¡Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que manda solo!”. Esta dictadura sui generis, carente de la implacable arbitrariedad que las caracteriza y que respetaba la libertad de prensa, aunque sus ataques lo sumieran en profundas depresiones al verse injustamente insultado y acusado de déspota y  tirano,  duró hasta el 20 de enero de 1830 cuando entrega el mando al Congreso Admirable convocado por él, y llamado así por considerar a sus integrantes de la más alta calidad intelectual, y al que enuncia: “Me ruborizo al decirlo: la Independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de lo demás”. 

Fin de su carrera política y su único delirio
El 8 de mayo de 1830, aceptada por el Congreso su renuncia  a la  Presidencia  de  Colombia  en  un  enrarecido  clima   de agitación  política  aderezado por la soez exultación  de  la canalla  ebria que siempre ha servido para ser azuzada contra sus benefactores,  proscrito  de  Venezuela, donde acusado de tirano se considera traición a la patria nombrarlo, y negándose a aceptar, por temor a la retaliación política,  la  benevolencia  del pueblo ecuatoriano que le ofrece cobijo  y  honores, Simón  Bolívar emprende el viaje a Santa Marta,  población ubicada al pie de la Sierra Nevada y sobre una de las más hermosas bahías del litoral caribe colombiano, lo que le confiere un clima privilegiado por las suaves brisas de la montaña, ideal para  reponer su salud y marcharse a  Europa, quizá a Roma donde por voluntad del gobierno boliviano, presidido por el general Santa Cruz, desempeñaría el cargo de Ministro Plenipotenciario. Y en su proclama al pueblo colombiano ratifica su convicción democrática: “Colombianos: Hoy he dejado de mandaros. Veinte años ha que os he servido en calidad de soldado y magistrado. En este largo período hemos reconquistado la patria, libertado tres repúblicas, conjurado muchas guerras civiles, y cuatro veces he devuelto al pueblo su omnipotencia, reuniendo espontáneamente cuatro congresos constituyentes. (...) He sido víctima de sospechas ignominiosas, sin que haya podido defenderme la pureza de mis principios. Los mismos que aspiran el mando supremo se han empeñado en arrancarme de vuestros corazones, atribuyéndome sus propios sentimientos; haciéndome aparecer autor de proyectos que ellos han concebido, representándome, en fin, con aspiración a una corona que ellos me han ofrecido más de una vez, y que yo he rechazado con la indignación del más fiero republicano.  (...) Escuchad mi última voz al terminar mi carrera política; a nombre de Colombia os pido, os ruego que permanezcáis unidos para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos”. La  muerte lo esperaba en aquel bucólico remanso de paz donde había cobijado sus angustias, y en su umbral,  aquel 17 de diciembre de 1830 a la una en punto de la tarde, como  Alonso  Quijano, delira: "¡Vamonós, vamonós, que esta gente no nos quiere!".

BOLÍVAR, UN LECTOR CONSUMADO
El historiador José Luís Salcedo Bastardo, en su obra Visión y Revisión de Bolívar, acota: “Desde su adolescencia Bolívar tuvo el hábito de la lectura, el suyo fue un proceso continuo de vigorización y renovación de su personalidad intelectual. Es imposible construir una lista exhaustiva de los autores leídos por Bolívar, pero remitiéndonos nuevamente a la información contenida en sus escritos, debemos indicar a grandes rasgos que conocía a los clásicos de la antigüedad, griegos y romanos, Homero, Polibio, Plutarco, César, Virgilio; todos los géneros. Clásicos modernos de España, Francia, Italia e Inglaterra. Igualmente de los más diversos sectores intelectuales: desde filósofos y políticos como Hobbes, hasta poetas como Tasso y Camoens, pasando por naturalistas como Buffon, astrónomos como Lalande, economistas como Adam Smith. En sus cartas pueden hallarse muchos nombres regados con espontaneidad: los enciclopedistas y planificadores de la Revolución Francesa, conocidos y estudiados a fondo y cuya influencia en el credo bolivariano es fácil de señalar Montesquieu sobre todos, Rousseau, D'Alambert, Condillac, Voltaire. Además Cervantes, Locke, Helvetius, Ossian, Goguet, Llorente, Napoleón, Rollin, Berthot, De Pradt, Filangieri, Mahon, La Fontaine, Constant, Mme. Stall, Grotius, Humboldt, Ramsay, Beaulour, Mably, Dumerí, Delius, Montholon, Arrien, Sismondi, etc. En parte de sus libros, que regala a Tomás C. Mosquera en 1828, se encuentran los más diversos títulos. Claro índice de que su cultura no era unilateral es, además de los autores citados, la siguiente diversidad de títulos, idiomas y materias de su biblioteca: Epoques de l' Histoire de Pruse; Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán; Description Générale de la Chine; Dictionnaire Géographique; Voyage to the South Atlantic; Gramática Italiana; Diccionario de la Academia, New Dictionary Spanish and Englisk; Encycíopédie des enfants; Life of Washington; Dictionnaire des Hommes Célebres; Life of Scipio; Mémoires du Général Rapp; Medias Anatas y Lanzas del Perú; Cours Politique et Diplomatique de Bonaparte; Espíritu del Derecho; Inlluence des Gouvernements; Congreso de Viena; Viaje de Aanacarsis; Fetes et courtisanes de la Gréce; Code ot Laws of tbe Republic ol Colombia". Fue la suya una pasión de cultura que no conoció término; en todos y cada uno de los maestros del saber universal quiso aprender una idea que sirviera a la perfección de la obra de su vida: la creación de su América, su programa revolucionario”. Manuel Pérez Vila publicó en 1960 un interesante trabajo titulado “La Biblioteca del Libertador”. 

¿Bolívar pobre?
En cuanto a la supuesta pobreza de Bolívar al morir, su  familia  aunque no poseía  títulos  nobiliarios  figuraba entre las más adineradas y principales familias  venezolanas cuyos miembros eran denominados "mantuanos",  derivado del gentilicio de los naturales de Mantua Carpetana, nombre dado por los romanos al territorio que comprendía Madrid, Toledo y Alcalá de Henares,  y no del uso de ¨mantillas¨ por parte de las damas aristocráticas como se ha especulado y difundido erróneamente. De hecho  cuando Bolívar  muere,  según cálculos de economistas  modernos,  su fortuna representada nada más que  por las Minas de cobre  de Aroa, pues en 1827 dio a sus hermanas sus propiedades de  San Mateo, una  que tenía en los valles del Tuy y un hato en  los Llanos, ascendería  a más de dos millones de dólares,  por lo tanto es incierta la especie  del  Bolívar arruinado,  sus  propiedades confiscadas  por  los  españoles durante la guerra,  les fueron devueltas. Continuará. 


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