sábado, 30 de noviembre de 2019

noviembre 30, 2019
Le pedí a un familiar muy cercano que me diera un tema para reiniciar los artículos semanales. De inmediato me contestó: «El poder de los boliburgueses». El tema, desde luego no es nuevo, pero la razón de mi familiar no tiene que ver con la novedad sino con la justicia. Se trata de un venezolano honrado que trabaja de sol a sol para mantener dignamente a su familia, y que ha tenido –y tiene, que sortear diversos tipos de obstáculos para seguir adelante y no tirar la toalla. Además sé que lo anima un deseo sincero por trabajar en su país, el de sus mayores, y hacerlo con responsabilidad y entrega a sus difíciles labores productivas y comerciales. Más que difíciles, diría heroicas, y no estaría exagerando ni un átomo.
Todo lo contrario de un boliburgués, de un enchufado, de un parásito del poder establecido, que ha sido, en gran medida, una fórmula exitosa para la hegemonía roja. No exitosa en términos de producción de riqueza ni nada que se lo parezca, sino en términos de cimentar un estamento político-militar-financiero, que le sirve de plataforma a la propia hegemonía despótica y depredadora. ¿La idea fue del predecesor? ¿De sus patronos cubanos? ¿De los grupos tribales que no escondían sus ansias de enriquecerse con facilidad y rapidez? ¿De lo peor de los grupos económicos de otras épocas, también duchos en estas «males artes» de la corrupción? ¿De todos ellos juntos?
No lo sé. Lo que si sé es que la boliburguesía, como la bautizara hace añales el periodista Juan Carlos Zapata, se fue desplegando hasta convertirse en una especie de columna vertebral de la hegemonía. Tanto es así, que no es monocolor sino policromática. Sirve para sostener las fuerzas «bolivaristas», pero también para apaciguar a sectores del ámbito opositor. Su poderío económico es de clase mundial. Las mafias rusas o algunos jeques árabes se se le acercan y acaso la igualen, pero no la superan. Nada más la estafa cambiaria denunciada por el ex-ministro Giordani, que monta 200 mil millones de dólares, da suficiente cuenta de ello. Y esto es apenas una perla del collar.
Tienen conexiones, desde luego, en muchos círculos de poder, tanto en Estados Unidos, donde se cuidan de no vivir, por lo menos gran parte de los boliburgueses, como en Europa y países de América Latina. Contratan a reconocidos y temibles «lobbystas» en Washington, Nueva York, Londres o Madrid. Tienen una corte de abogados encargados de mantenerlos en libertad y de preservar sus cuantiosas fortunas. Pero sus ejecutorias se están investigando por instancias jurisdiccionales serias y ya se producen resultados concretos que los incriminan. Todo eso está bien. Es necesario.
Pero, ¿y los billones de dólares que depredaron en Venezuela? ¿Cómo se restituye eso, si es que acaso es posible? ¿Cómo se compensa la depredación perpetrada con la depauperación causada? No hay respuestas claras al respecto, si es que hubiera respuestas. Y entonces pienso en mi familiar muy cercano, y en tantos otros como él, que pasan las duras y las maduras para sobrevivir en modestas condiciones, justamente porque no son boliburgueses, ni enchufados, ni parásitos del poder.
Sí, el poder de los boliburgueses es inmenso, pero lo más destructivo de ese poder está en el mal profundo que le ha infligido, e inflige, a la nación venezolana.